Apenas pisamos el hotel y nos vamos a la recepción para indagar qué podemos hacer en esta tarde. Nos comentan de un museo interesante y poco común, no dicen más. Me queda la curiosidad atravesada en la garganta: un museo donde sólo reciben visitas con cita previa, no entiendo. Es probable que no las reciban hoy, añade una recepcionista. Insisto. Nos dan cita para las cuatro de la tarde.

 

Salimos a recorrer una parte de la ciudad y bobeando se nos pasa el tiempo.

 

Llegamos corriendo al museo. La puerta ya está cerrada. Timbramos. Abre una joven japonesa ¡Sí! Viste un kimono lleno de flores, alegre y colorido. Sus menuditos pies calzan unas sandalias negras, pero ella nos ve seria, muy seria ¿Ustedes son las de la cita de las cuatro? Así es, contesto. Pasen, son las cuatro y cuarto dice con cara blanca y plana.

 

Nos incorporamos al grupo puntual. En total somos ocho. Dos eruditos que todo asienten y todo saben, dos señoras regordetas que se nota son buenas costureras (ya sabrán luego por qué) y un matrimonio mayor, de la quinta edad, tal vez. Escuchamos una parte de la charla iniciada sobre las cerámicas de los Wari y los de Chancay, dos culturas Incas.

 

El arqueólogo Yoshitaro Amano fundó este museo. Desde su juventud él fue recolectando piezas de cerámica y restos de textiles que desechaban los arqueólogos buscadores de oro. Así pasó gran parte de su vida.

 

Pasamos a un salón cerrado y muy controlado. Este cuarto tiene control de humedad, luz y ventilación, todo en cantidades precisas. Está preparado especialmente para la perfecta preservación de las telas.

 

La textilería es muy antigua aquí en Perú, comenta nuestra guía. Se han encontrado vestigios de telas con una antigüedad de 500 años A. D. y aquí tenemos piezas de esa época hasta 1,200 D. C.

 

Hay bellos segmentos de tejidos que penden de la pared cuidadosamente enmarcados y protegidos con vidrio. Los colores y diseños son tan hermosos como los paisajes de los pueblos en las laderas de los andes entre primavera y otoño. Fueron túnicas de personajes importantes, comenta.

 

Están bien distribuidas tres hileras de funcionales gabinetes de madera con delgados y largos cajones que almacenan los tejidos y gasas. Mientras nos explica, la guía va sacando cajón por cajón y nos muestra las piezas. Las conocedoras comentan sobre las técnicas e hilos y colores. Nosotras nos codeamos. Ellas continúan y continúan hablando. Hay telas de todas las edades. Todas bellas, coloridas y antiguas.

 

Hay técnicas discontinuas, continuas, gasas, de reserva y más que ni recuerdo ni sé. Todas las telas van de acuerdo con la forma del tejido: para mí son estéticas y alegres. Las conocedoras agregan comentarios hasta de cómo se toma la aguja en el telar. Nos refiere la guía que, en épocas anteriores, se usaba mucho el algodón de Chancay, un pueblo vecino. El matrimonio gringo sólo gesticula y abre sus ojos. No sé si entiendan español, pero sonríen.

 

Los colores nítidos y claros permanecen estampados en las telas. El paso de los años no ha logrado desaparecerlos. Les han dado una cuidadosa conservación.

 

El rojo se obtenía de la chinchilla, un animalito que crece en los magueyes. En la actualidad hay sembradíos específicos de magueyes para seguir obteniendo la chinchilla y me imagino que algo de mezcal.

 

El color azul se conseguía del arbusto índigo. Actualmente de esta planta se obtiene, en muchos lugares, el color azul o añil característico de la mezclilla.

 

Los tejidos son de diferentes formas, por lo general geométricas, y están adornados con figuras de flores y animales, desde colores ocres hasta los intensos amarillos, rojos y azules. Hay figuras estilizadas, simétricas y elegantemente diseñadas. Las combinaciones son innumerables. De repente parecen valles vistos desde el cielo y sembrados en forma de mosaicos. Pienso que los campos de maíz, sorgo, algodón, trigo y tomate no serían capaces de representar tal magnificencia plasmada en estos tejidos.

 

Al final del recorrido, la guía nos muestra el archivo de las piezas. Los catálogos de los telares están perfectamente clasificados y, al sacar los cajones, son como las terrazas incas vistas desde lo alto de las montañas.

Textiles del Perú

Leticia Ruvalcaba Amador

Es nuestro primer día en Lima y queremos conocerlo todo. Hoy mi compañera de viaje es una amiga deportista llena de energía. A veces no le alcanzo el paso.