CERECERO

PINTOR DE SENTIMIENTOS COMPARTIDOS

 

—Isidro López Villarreal

 

Eloy Cerecero en su estudio (detalle). Fotografía de Esteban Sosa, 2014.

Sin duda, el apellido Cerecero es para los coahuilenses sinónimo de arte, de movimiento y de color. Al escucharlo viene a nosotros la certeza de hablar no sólo de un clan de talentosos artistas sino también de una familia ejemplar, digna representante de los valores y tradiciones que todo norestense se enorgullecería de portar. Sabemos que este prestigio no es gratuito: es el fruto del ejemplo y el trabajo del hombre que sembró la raíz de esta talentosa dinastía: don Eloy Cerecero.

 

Mucho ha crecido la trayectoria del maestro Cerecero desde su primera exposición individual en 1953 para Súper Motores de Saltillo, o su presentación de 1955 en la Galería Excélsior de la Ciudad de México, lugar que debemos subrayar como fundamental para el desarrollo de su obra. Fue durante su residencia en la capital del país cuando surgió su interés por las escenas costumbristas, legándonos así obras que retratan lo cotidiano con una fuerza que no lograrían capturar las más fieles fotografías.

 

No es una coincidencia que en la obra de Eloy Cerecero sobresalgan las manos. El trazo que su creador les otorga, les confiere movimiento y sobre todo fuerza, parecen a punto de salir de los murales, de romper los lienzos. Es como si el artista plasmara en las manos de sus personajes la misma vitalidad que a él le ha caracterizado. Autodidacta, en los inicios de su carrera recibió valiosos consejos de figuras como María Escobedo, María Narro y Elena Huerta, discípulas del maestro Rubén Herrera, quienes influyeron en su camino hacia el muralismo, en el cual llegó a converger con leyendas como Diego Rivera, José Chávez Morado, Jorge González Camarena, Francisco Goitia y Salvador Tarazona.

 

Cabe mencionar que la convivencia con esos y otros personajes de tan notable nombre ha dotado la vida del maestro Cerecero de aprendizajes y anécdotas cuya narración podríamos disfrutar durante horas. Por ejemplo la vez que presentó cuatro de sus piezas como prueba de ingreso para el Frente Nacional de Artes Plásticas, siendo a un mismo tiempo aceptado de manera unánime y seleccionado para participar en una exposición en honor a Diego Rivera, recibiendo además elogios del mismo homenajeado. O cuando en 1959 recibió una mención honorífica en un concurso realizado en el Ex Convento del Carmen de San Ángel, con un jurado integrado por David Alfaro Siqueiros, Salvador Novo y otros emblemas del arte nacional.

 

Cito a Fernando Gómez de la Cuesta para resaltar que "en las obras de Eloy Cerecero no hay política sino espíritu, una sensibilidad y una estricta ética que conecta con los contenidos más absolutos de la justicia y de la bondad, unas piezas que sincronizan los valores de la bonhomía, la filantropía, el socialismo y la igualdad, el reparto y la equidad; un artista que, en realidad, pinta sentimientos compartidos, no por las diferentes ideologías, sino por gran parte de la humanidad. Un creador que dibuja el dolor, la infelicidad, la pena, la desigualdad, la lucha y la reivindicación, pero también la alegría, la dicha de vivir, el trabajo, el esfuerzo y el florecimiento del ser humano gracias a la cultura".

 

Por su talento como pintor, avalado por numerosos premios; por su digna labor como maestro y director de la Escuela de Artes Plásticas Rubén Herrera de la Universidad Autónoma de Coahuila, y como coordinador general de Difusión Cultural en la misma institución; por su ejemplo como hombre de familia y como ciudadano, es para nosotros un gran honor estar aquí esta noche, celebrando que sea Eloy Cerecero Sandoval, quien recibe esta presea.

*Texto leído por el alcalde de Saltillo,

Isidro López Villarreal, el 31 de julio de 2015 durante la entrega de la Presea Manuel Acuña 2015.