En la época en que dirigía el Archivo Municipal don Roberto Orozco Melo, yo ya estaba a cargo de la Gazeta del Saltillo. Sus aportaciones al Archivo Municipal (2000-2005) fueron considerables. De entrada, a todos nos subió el sueldo, apoyó mucho a la Gazeta y a nuestro Departamento Editorial. Su admiración por los cronistas e historiadores locales lo llevó a fundar en el patio del Archivo “El Jardín de Clío” (2003); impulsó la publicación de varios libros sobre importantes políticos coahuilenses y fue un asiduo colaborador y un importante gestor de los intereses del Archivo.

 

A pesar de su cercanía con el poder, no era déspota, sino todo lo contrario. Sabía ser cálido y afectuoso y su conversación estaba salpicada con esos agudos chispazos de ingenio que solemos encontrar en sus crónicas y artículos periodísticos.

 

A mí, para ser franco, siempre me cayó muy bien y, a pesar de que no faltaron conflictos e incidentes, puedo afirmar que trabajé muy a gusto bajo sus órdenes. Respetó siempre mi trabajo como editor y lo defendió contra viento y marea, incluso en esos casos en los que las reacciones hostiles pudieron llegar a ser bastante graves. No faltó el político que, furioso por el retoque de sus textos en la edición de un libro, quisiera buscarme pistola en mano; o como aquel general retirado que, ante mi comentario sobre una foto suya, me buscara también dispuesto a balearme.

 

Pasada la crisis, don Roberto recuperaba su buen humor y me decía:

 

     —Usted, De León, mete unos autogoles muy buenos.

 

En general tengo un recuerdo muy grato de don Roberto. Nació en Parras de la Fuente en 1931. Cursó los estudios primarios y secundarios en su ciudad natal. Terminó el bachillerato en el Ateneo Fuente y la carrera de licenciado en Derecho por la Universidad Autónoma de Coahuila. Tuvo una amplia trayectoria dentro del servicio público, que inició como oficial mayor de la Secretaría Particular del Ejecutivo del Estado (1953); secretario del Ayuntamiento de Saltillo (1956-1957); jefe de prensa del Gobierno de Coahuila (1957-1958); diputado local por el V Distrito Electoral, con cabecera en Parras (1958-1961).

 

Fue presidente municipal de Saltillo (1964-1966) y su administración se distinguió por el inicio de un importante programa de obras por cooperación efectuado en diversos barrios de la ciudad y por la modernización administrativa: se realizó la primera recatastración urbana bajo técnicas de cartografía y fotogrametría y se fortalecieron los cuerpos de seguridad pública. También se desempeñó como secretario general de Gobierno (1975-1981) y secretario particular del gobernador de Coahuila (1987-1989).

 

En el periodismo cubrió todas las instancias del oficio, desde corrector hasta director de importantes publicaciones. Se inició como corresponsal de El Heraldo del Norte en Parras (1947), laboró en el vespertino dominical Claridades de la Ciudad de México (1948 y 1952-1953) y, de regreso a Saltillo, fue reportero columnista, jefe de redacción y director editorial de El Heraldo del Norte. Fundó en 1967 El Heraldo de Saltillo; editorialista de La Opinión de Torreón (1971-1973) y, en 1982, comenzó a escribir sus columnas “Dietario” y “Hora Cero” en El Siglo de Torreón, El Porvenir de Monterrey, El Zócalo de Piedras Negras, El Tiempo de Monclova y El Heraldo de Saltillo. A partir de 1989 fue director editorial de El Diario de Coahuila.

 

A diferencia de otras personas que han participado en política, Orozco Melo no miraba con recelo o con indiferencia a quienes se dedicaban a la literatura; de hecho, se sentía identificado con ella. En su juventud escribió poesía y un volumen de cuentos. En su libro De carne y huesos (1999) Orozco Melo ofreció una serie de anécdotas privadas de personajes de la vida pública.

 

Orozco Melo compartió con otros intelectuales de la localidad y de otras partes de la entidad la obsesión por escribir “La Gran Novela de Coahuila”, idea que también rondó la cabeza de su ilustre jefe, Flores Tapia, quien siempre consideró que La casa de mi abuela le había servido de inspiración a Gabriel García Márquez para escribir Cien años de soledad.

 

Poco tiempo antes de morir me entregó para que le revisara y corrigiera una especie de defensa de Flores Tapia y una crónica sobre la muerte de Ignacio Cepeda Dávila. Don Roberto pasó muchos años empeñado en demostrar que estos dos gobernadores habían sido víctimas de sendos crímenes perpetrados por el centralismo, que en las figuras de Miguel Alemán y José López Portillo había hecho alarde de su acostumbrado despotismo. Al leer y revisar estos textos, me convencí de que don Roberto Orozco Melo era un personaje de esa gran novela coahuilense que sigue en espera de su narrador ideal.

 

Hoy acabo de enterarme de la noticia de su muerte y recuerdo que sus últimos años los pasó alejado de la escena política, cuyos desfiguros siguió con mucho interés. Él volvió a su despacho, escribió sus últimos libros, trató de mantenerse activo, a pesar de que sus hijos consideraban que se fatigaba demasiado para su edad.

 

Si yo quisiera utilizar como epitafio para mi antiguo jefe una de sus frases, podría citar algo que don Roberto le dijo hace años al entonces alcalde de Saltillo.

 

     —Puedes hacerlo todo, pero a su debido tiempo y no como tú quieres.

 

Así que terminaré esta semblanza con esta breve lección cargada de experiencia.

 

Descanse en paz.

 

Saltillo, 29 de enero de 2015.

Mi recuerdo de don Roberto

—Jesús de León—

Roberto Orozco Melo (1931-2015)