El mundo perdido

Miguel Ángel García Torres

Cuatrociénegas

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“¿Espermatolitos?”, pronunciaba el turista abande-rado como bufón en cada recorrido; siempre “confundían” el nombre de la bacteria que generó la vida en la tierra: el estromatolito. Era la broma común. La carcajada era simultánea en la familia o grupo de estudiantes. Mi deber era reírme de aquel chiste como si jamás lo hubiera oído. Mi propina estaba en riesgo.

 

La explicación era ardua por casi dos horas o más si el paseo se extendía al paraje conocido como “Las dunas de yeso” o hasta la laguna “Las Playitas”. Durante largas caminatas, se me secaba la boca para contar con orgullo las maravillas del lugar.

 

El origen de la vida en la tierra persistía tras millones de años en un oasis en medio del desierto y yo colaboré como promotor de sus misterios y endemismos. Eran jornadas de doce horas a tambor batiente, donde había días con la llegada de autobuses atiborrados de curiosos o con la visita de un viajero solitario, mochila al hombro.

 

Caí por accidente en estos asuntos. Buscaba atraer la atención de una compañera de la prepa que haría su servicio social. Cuando menos lo esperaba, ella desistió y yo continué por dos años. Fue uno de mis mejores errores.

 

Los organismos gubernamentales como Semarnat y asociaciones civiles como Desuvalle compartían esa labor de orientar a la ciudadanía y proteger las especies de Ciénegas. Pese a mi poca conciencia respecto a la importancia del Área Natural Protegida, admiré los prodigios naturales de mi pueblo a través del asombro sin falsos gestos por los miles de visitantes connacionales, gringos y de otras latitudes.

 

Sin haber visto las aguas de Cancún, sabía que las de aquí se parecían por comentarios de viajeros. Las especies únicas —entre flora y fauna— y los distintos escenarios superaban la imaginación.

 

Este pequeño ecosistema era como el safari a un súper mercado, porque en un espacio tan pequeño cada corredor era diferente por sus aromas, colores y especies de objetos en los estantes. Había bosque, arena, sierra, ríos e incluso nevadas. Cuatrociénegas lo

tenía todo.

 

Recuerdo con aprecio las muchas ocasiones cuando, incapacitado para hablar en inglés, intentaba comunicar las increíbles bellezas del Valle a una pareja de alemanes o a dos hombres orientales muy serios.

 

Rumores sobre “avistamientos” de la nasa abundaban en las pláticas de vecinos. Por su presencia, se infirió la aparición de entes del espacio exterior y comenzó el mito de siluetas circulares trazadas en las dunas de yeso por platillos voladores.

 

Por aquellos años también presencié el desastre en la laguna “Las Playitas” y “La Poza de la Becerra”, cuando formé parte del servicio de limpieza, ante la invasión de Springbreakers.

 

Como parte de nuestra necesidad por obtener dinero, mis amigos y yo nadamos en las pozas con gélidas temperaturas de hasta cinco grados, contratados por unos norteamericanos para limpiar jaulas que instalaron alrededor de algunos estromatolitos. Sacabas la mollera del agua y percibías cómo tu cabello permanecía en punta, congelado apuntando al cielo.

 

La cacería de liebres con rifles de postas era por igual una actividad frecuente, más como pretexto de reunión que por afición a la práctica cinegética con nuestros rudimentarios artefactos.

 

Muchas aventuras de mi niñez y la adolescencia, aderezadas por los ratos de “bullying”, romance y rebeldía, ligan su recuerdo a mi pueblo natal.

 

Tiempo después, durante mi estadía en Saltillo por mis estudios superiores, el primer texto publicado con mi firma como estudiante de Letras Españolas, evocaba los “aironazos” de mi bravo terruño: Sanjuanero, Cañonero y Preñador. Ciénegas fue, por nostalgia, mi primera musa.

 

Para los gobiernos, agricultores y científicos, Cuatrociénegas representa un área de oportunidad y conflicto. Para mí, es la tierra de mis padres, mi patio de juegos, mis días de excursión y campismo, las tardes de chapuzones junto a los cuates.

 

Si los microorganismos vivos, como los estromatolitos, generaron el oxígeno para crear vida en la tierra y sobrevivieron, ¿por qué no han de existir bajo tierra otros seres igual de antiguos? Me mata la curiosidad.

 

Cierta ocasión un grupo de geólogos, investigadores o científicos, llamado La Venta, se sumergió bajo la superficie siguiendo los canales que comunican los cuerpos de agua en esa oscuridad terrible. ¿Alguien podrá alcanzar mayores profundidades?

 

Cuatro Ciénegas puede ser la entrada a un Mundo Perdido. Tal vez la puerta a este mítico lugar compartido por Burroughs o Conan Doyle en la literatura, no esté cerca del Polo Norte, sino a escasos metros del patio de mi casa.

 

Con la naturaleza de Cuatrociénegas, lo sabemos. Falta mucho por descubrir y cualquier cosa puede pasar.