Orgullosos de nuestra matria

Priscila Levigail Méndez Padilla

Priscila Levigail durante la presentación en Parras de la Fuente.

Los escritores creen que después de la primera presentación, sus obras se venderán como cerveza en sábado por la noche. Llegan a su casa y se duermen con la idea de que, en una semana o dos, cada saltillense ya tendrá un ejemplar de su libro. Y así despiertan día con día, creyendo que un tiraje de 5 mil hubiera sido mejor que uno de mil.

 

Si supieran que los únicos que adquieren esas obras son sus familiares (sólo los más cercanos y por compromiso) y algún curioso; sumando con esto una cantidad de 25 obras y, si bien le ha ido, 100 vendidas. Los otros libros que restan y ya nadie quiere adquirir pasan al rincón de una institución. Ahí una mano cierra la puerta de la bodega, asegura el candado y aprieta las llaves, cuidándolos de cualquier intruso. La luz para esas obras deja de existir y no son ojos los que las devoran, sino el polvo. Pueden pasar cinco, diez, quince, hasta treinta años encerrados. Protegidos como la piedra filosofal en Harry Potter. ¿Y los escritores? Bueno, ellos escribiendo su próxima creación: “Tendrá tanto éxito como la anterior”, se dicen a sí mismos.

 

¿Qué problemas generan estos libros? En primer lugar, el espacio que ocupan genera un costo; si se rentara una bodega con esas dimensiones cada año (recordemos que hay algunos títulos desde hace 30 años o más), la inversión en ellos no sería solamente la de imprimirlos, sino la de embodegarlos. Podrían venderse como papel reciclable, pero la gente pegaría el grito en cielo, porque no dejan de ser objetos de cultura. ¿Y quemarlos? Uf, mejor ni mencionarlo. ¿Qué demonios hacer con esos libros?

 

“Liberemos el precio de los libros. Los presentamos en las bibliotecas y los vendemos a un costo accesible”. Era una idea que Jesús de León, jefe del departamento de edición del Archivo Municipal de Saltillo, tenía desde hace mucho tiempo, pero nadie le seguía la corriente. Hubo en el 2014 un cambio de administración. Olivia Strozzi, actual directora de dicha institución, dijo: “Tus deseos serán cumplidos”.

 

Fue una gran casualidad que, en esas mismas fechas, los alumnos de cuarto semestre de la carrera de Letras Españolas tuviéramos el deber de realizar nuestras prácticas profesionales, enfocadas en la difusión cultural. Jesús de León nos invitó a formar parte del proyecto. Aceptamos entusiasmados la invitación. Éste fue el principio de una gran tarea a la que nos comprometimos.

 

Lo primero que hizo el editor fue ponernos a leer un texto de Luis González y González para que entendiéramos la diferencia entre patria y matria. La primera se refiere a sentirse orgullosos de ser mexicanos, de ser iguales todos: los del sur, del centro, del norte; de esta manera, compartimos una misma Historia, la que se escribe con inicial mayúscula y fue hecha por los vencedores; la que nos llega desde el centro del país. En cambio, el término matria nos dice que sí somos mexicanos, pero no por eso somos iguales; ni siquiera entre norteños tenemos las mismas costumbres, ¿cómo vamos a ser iguales a los del sur o a los del centro? Cada región es única y tiene su propia historia, aquella que hace la gente común: la que no está registrada en los libros, pero sí en las tradiciones, el léxico, las viviendas, las costumbres, la comida, etcétera. Podría decirse que los mexicanos tenemos un padre, pero somos de diferente madre. No somos iguales. Entendimos los conceptos; nunca nos habíamos sentido tan orgullosos de ser saltillenses, hasta ese momento.

 

¿Por qué Jesús de León compartió esto con nosotros? Porque los libros embodegados que íbamos a presentar eran cien por ciento matrióticos, contaban la historia de toda la región sureste de Coahuila, desde la fundación de Saltillo hasta la industrialización. Libros sobre personajes populares, como Adrián, el loco que se la pasaba en Plaza de Armas y se autoproclamaba presidente de la República; o de Letonita, un maestro del Ateneo quien aconsejaba a sus alumnos que se suicidaran, para poder publicar la noticia en su periódico. Después de ser inyectados por el editor de ese orgullo regional, quisimos que las personas de Saltillo, Arteaga, Ramos Arizpe, General Cepeda y Parras sintieran lo mismo.

 

“Nuestra historia sale del Archivo” fue el nombre que se le puso a esta tarea. Y el precio de los libros sería de 30 pesos. Una vez escrita y corregida la presentación, la ensayamos hasta el día esperado. Visitamos las bibliotecas de la región sureste, empezando por las de Arteaga y sus ejidos: Mesa de las Tablas, El Tunal, Huachichil, Bella Unión y la cabecera municipal. En un día recorrimos estas comunidades. Comimos en San Antonio de las Alazanas y nos echamos una cheve en Huachichil, sin olvidar que en Mesa de las Tablas tuvimos el placer de probar unas exquisitas tortillas de harina.

 

Al día siguiente, cada uno visitamos de dos a tres bibliotecas en Saltillo. Los estudiantes de secundaria parecían estar interesados en los libros, a pesar de que algunas bibliotecarias se pusieron en mal plan. En Saltillo fue el día más pesado. El equipo se reunió en “Los Compadres” para comer y contar las experiencias. Claro que después de un día tan estresado teníamos que relajarnos. Decidimos ir a un bar de la ciudad.

 

Al otro día enfilamos rumbo a Ramos Arizpe. Visitamos las siete bibliotecas del municipio. En Paredón el entusiasmo e interés de la gente fueron los más grandes y mejores. Había niños participando de manera oportuna y arrebatando los libros para hojearlos: muchachos y adultos atentos. La biblioteca se llenó y había gente afuera escuchando la presentación, estirando la cabeza para alcanzar a ver algún libro. Decidimos visitar la famosa cantina “7 leguas”, en honor al caballo de Pancho Villa: el lugar en sí es todo un tributo a este revolucionario. Mientras bebíamos cerveza, escuchamos las interesantes historias del cantinero.

 

Comimos en las “Termas de Don Joaquín”, que se encuentran en lo más alucinante del desierto coahuilense. Visitamos los balnearios y poco faltó para que nos sumergiéramos en sus aguas, pero no llevábamos traje de baño.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

En Parras de la Fuente visitamos Casa Madero, donde algo aprendimos acerca de la elaboración de vinos, su historia y demás. Antes de ir a la biblioteca, comimos en la casa de la señora Rosy, ganadora del primer lugar de paella el año pasado, quien nos recibió de la mejor manera y nos sentimos como en casa. En la biblioteca de Parras fue donde más libros se vendieron, apenas acabamos la presentación y los espectadores ya tenían en sus manos dos o tres ejemplares que querían adquirir, sobretodo los títulos que hablan acerca de ese municipio.

 

Así concluyó nuestra tarea: un editor, seguido de seis estudiantes de Letras, promovió los libros que, debido a la genialidad y el olvido de sus propios autores, se embodegan y no se venden.

Jesús de León.

El último viaje que realizamos fue a General Cepeda y, de ahí, a Parras. Todo en el mismo día. A éste nos acompañó la directora del Archivo. En la biblioteca de General Cepeda, contamos con la presencia de Sofía Ochoa, ex alcaldesa del lugar y activista, quien ha ganado importantes batallas en beneficio de su lugar de origen, como evitar que los gringos convirtieran en tiradero de chatarra nuestro desierto. No desaprovechamos la oportunidad de comprar los deliciosos quesos que producen los pateños.

Participación de Olivia Strozzi en General Cepeda.