Una fuerza extraña,

ancestral y personal

Olivia Strozzi

Más allá de la invitación que me hizo el alcalde para trabajar en el Archivo Municipal y de mis razones conscientes para aceptar el compromiso y la oportunidad de servir a la comunidad, abrigo la idea que una fuerza extraña, ancestral y personal me trajo hasta aquí. Ésta tiene que ver con limpiar, escombrar, sacar a la luz sucesos de mi historia personal y familiar que ya contaré más tarde.

 

Al explorar los acervos históricos, encuentro tal cantidad de documentos como actas de cabildo desde 1608, testamentos, recibos de tesorería, fotografías, mapas, postales, censos: todos estos vestigios dejan huella de los afanes de hombres y mujeres que habitaron este territorio en diferentes épocas.

 

Además de todo lo que se resguarda en un archivo, descubro en los diferentes espacios del edificio un sinfín de objetos de lo más extraño e inesperado y, en la mayoría de los casos, nadie sabe cómo llegaron aquí. En una labor cuasi arqueológica de remoción de escombros en las bodegas, emergieron una gran cantidad de objetos inauditos. Éstos posiblemente fueron entregados al archivo con la idea de que aquí estarían resguardados y blindados contra el inexorable paso del tiempo o quizá no encontraron un mejor lugar para ellos.

 

Algunos de estos objetos, que en una época fueron útiles o valiosos, se han vuelto viejos y obsoletos. Otros, a pesar del polvo y del olvido, ganaron un cierto valor histórico; otros sirven para hacer historias urbanas, leyendas y chismes. Entre los objetos descubiertos en polvorientos baúles, cajas de cartón y bolsas de plástico, encontramos algunos un tanto nostálgicos como un vestido de novia, una blusa exquisitamente bordada, una armadura, pañuelos, los calcetines de un señor de alcurnia.

 

Están los más comunes: sillas, bancos, palas, máquinas de escribir, calentadores, maniquíes, una pistola de hojalata, un tren y una estufa de juguete, una estatua de Napoleón en decadencia y hasta un poster tamaño natural de Luciano Pavarotti. Otros son un tanto lúgubres: una muñeca desmembrada, un pequeño frasco de estricnina que podría matar a varios cristianos y dos calaveras.

 

Ahora, después de este descubrimiento, es necesario restituir la dignidad a estos cientos de objetos olvidados: limpiarlos, aceitarlos, devolverlos y, en algunos casos, enterrarlos y dar las gracias por su utilidad en otro momento y honrar la memoria de sus poseedores.

 

En cuanto a mi historia personal, ocurrió que en el mismo día me llegaron noticias y algunas fotografías sobre cuatro de mis ocho bisabuelos que tenía perdidos y olvidados y que había estado buscando desde hace varios años.