HABITACIONES DE ESCRITORES

Michelle Perrot

El sitio ideal para escribir

 

 

La habitación es, por excelencia, el lugar del pensamiento. La visión matemática, por ejemplo, se ve favorecida por la noche. “Los matemáticos y las matemáticas se enfrentan a un grave problema a la hora de hacer comprender a sus cónyuges que los momentos en los que trabajan más intensamente son aquellos en los que están acostados en la cama en plena oscuridad”,[1] decía Alain Connes.

 

Pero la habitación también era propicia para la escritura personal, aquella que no necesitaba del recurso a bibliotecas ni a voluminosas carpetas repletas de documentos. Era la escritura de uno mismo, para sí mismo, para los íntimos, una escritura que requería de dispositivos cuya aparente sencillez no era sino el fruto de un refinamiento técnico extremado: mesa, silla, papel, pluma, bolígrafo, y, más adelante, la máquina de escribir, siempre a la espera, desde luego, del ordenador: La soledad y la calma, sobre todo, estaban garantizadas por la puerta cerrada y por la noche, compañeras ambas de los escritores carentes de despacho pero que intentaban acondicionar un rincón de su habitación a tales efectos. Ekaterina Vadkovskaia, una diarista rusa, soñaba con tener un buró propio para escribir en él su diario. Y se lo imaginaba, diseñándolo en su mente, mientras calculaba cuánto dinero le darían el día de su cumpleaños para poder comprarlo: “¡Cuánto habría deseado que me cayera del cielo algún dinero! Tenía un bonito proyecto de buró para mí […]. Incluso hice un gran número de diseños”.[2]

 

Todos los tipos de escritura son apropiados para una habitación, aunque algunos de ellos son, en cierta manera, consustanciales a ella: el diario de un viaje, redactado al término de alguna de sus etapas, o el diario íntimo, las meditaciones, la autobiografía, la corresponencia... En definitiva, esa literatura “personal” que indudablemente requiere de mucha calma y un decidido cara a cara con una página en blanco.

La angustia de la habitación nueva

 

 

La experiencia de Proust fue diferente y contradictoria. Aquel hombre angustiado sentía pavor ante los cambios, y, por consiguiente, a toda habitación nueva a la que fuera necesario aclimatarse, un tema que es recurrente en su En busca del tiempo perdido. Ya desde las primeras páginas, el narrador hace mención expresa de su ansiedad noctura: “Es el instante en el que el enfermo que se ha visto obligado a salir de viaje y que ha tenido que acostarse en un hotel desconocido, tras haberse despertado por una crisis, se alegra cuando ve pasar bajo la puerta un rayo de la luz del día. [...]. Yo estaba tan inquieto como si me encontrara en una habitación de un hotel o de un chalet a donde hubiese llegado por primera vez tras bajarme del tren”.[3] En Balbec, la primera noche, le resultó totalmente imposible pegar ojo. En la habitación del Gran Hotel todo le era hostil: la altura del techo, las cortinas, las vitrinas de los libreros, “un gran espejo con patas, colocado en mitad de la pieza”, algo que le exasperaba. “Es nuestra atención la que pone los objetos en una habitación y el hábito lo que los retira y nos hace sitio. No había sitio para mí en mi habitación de Balbec (mía de nombre solamente), estaba atestada de cosas que no me conocían…”.[4]

 

De visita en Doncières, el narrador tiene que abandonar con nostalgia la habitación de oficial, donde Robert de Saint-Loup le había albergado siempre, para hospedarse en un hotel. “Y yo sabía, por anticipado, que, fatalmente, allí iba a encontrarme con la tristeza. Era como un aroma irrespirable que desde mi nacimiento exhalaba para mí toda habitación nueva, es decir, todas las habitaciones…” Felizmente, aquel viejo hotel del siglo XVIII conservaba “un excedente de lujo inutilizable en un hotel moderno”. Su habitación se encontraba al final de una serie de pasillos tortuosos, de escaleras improbables, daba a un patio discreto, tenía muebles antiguos, un buen fuego, una cama con baldaquino y varios recovecos. “Las paredes oprimían la habitación, apartándola del resto del mundo”. Allí, su soledad “permanecía inviolables y dejaba de estar cercada”. Irradiaba un encanto que le tranquilizaba y le producía “un sentimiento de libertad”. Se sentía, a la vez, aislado y protegido. Y, además, le procuraba un sueño poético, “aterciopelado”, y un despertar sereno.[5]

Notas

—1 “Les déchiffreurs. Voyages en mathématiques”, Le Monde 2, 24 de enero de 2009, p. 29.

—2 Citado por Elena Gretchanaia y Catherine Viollet, “Si tu lis jamais ce journal”, op. cit., p. 204 (17 de septiembre de 1821).

—3 Marcel Proust, Du côté de chez Swann, op. cit., p. 4.

—4 Id., À l’ombre des jeunes filles en fleurs, op. cit., p. 666.

—5 Id., Le Côte de Guermantes, en À la recherche du temps perdu, op. cit., tomo II, 1978, p. 82 y ss.

 

 

Tomado de Michelle Perrot, Historia de las alcobas (traducción: Ernesto Junquera),

Fondo de Cultura Económica / Edicions Siruela, México, 2011, pp. 91-92; 189-190.