Uso y desuso de las cosas

Jesús de León

En los caracoles de las ventanas del barrio el mar se silenció.

—Ignacio Betancourt.

“De cómo Guadalupe bajó a La Montaña y todo lo demás”

 

 

¿Y esto para qué servía?

 

Cuando hablamos de objetos, pensamos también en su utilización en los diferentes espacios de la casa: el espacio social, el íntimo y el de los servicios. También la evolución de esos objetos refleja las sucesivas influencias culturales que ha tenido la región. Primero tenemos la entrada de la casa. Antiguamente Saltillo no estaba pavimentado. Había lodo y estiércol en las calles. Antes de pasar al interior había tapetes para que el visitante pudiera quitarse el polvo de los zapatos. Después se le invitaba a pasar.

 

Si la casa tenía influencia de cultura inglesa, contaba con un recibidor para atender y conversar con las visitas; pero si no, al visitante se le pasaba directamente al cuarto del dueño de la casa donde éste podría presumirle su colección de pistolas o llevarlo hasta la cocina y servirle una taza de café. Podían sacar dos sillas al patio o al zaguán y conversar sobre el estado del tiempo.

 

En cambio, si el señor de la casa quería sentirse hombre de mundo, presumía su influencia de la cultura francesa y de que tenía un piano, aunque no lo tocara, así como también presumía las lámparas, el fonógrafo y que había cambiado la vieja castaña del abuelo por un chifonier elegante o que poseía una tina de baño con regadera en lugar de bañarse con agua de pozo a jicarazos. Todas estas adquisiciones se celebraban destapando una botella de champaña, aunque el tapón saliera disparado directamente a las narices del invitado.

 

 

 

¿Por qué ya no hacemos cajeta?

 

 

 

 

 

 

 

Muchos utensilios prácticos nos vienen de la cultura inglesa y norteamericana. Hablemos de todo lo que nos llegó con el ferrocarril. Primero que nada, las armas de fuego; a continuación, la maquinaria industrial y, ya hablando en términos más domésticos, los primeros productos manufacturados hechos en serie que venían del otro lado de la frontera o más allá del mar.

 

Una parte de la casa que resintió la llegada de los nuevos utensilios fue la cocina. Ahora es muy común ver en las casas las llamadas cocinas integrales que, bien lo sabemos, son un concepto anglosajón. Tal vez pocos recuerdan cómo era originalmente una cocina saltillense. Con el garabato para la carne, el cazo de cobre colgado de la pared, la pala para menear la cajeta y los moldes de madera para vaciarla; los nichos para las conservas, las estufas de leña, esos armatostes de metal que reemplazaron a las chimeneas hechas de material que prácticamente formaban parte de la construcción. Por eso, al menos durante mucho tiempo, no pude admitir la idea de tener un horno de microondas.

 

A mí me pasó lo contrario que a mucha gente de Saltillo. Nunca me he avergonzado de confesar que desciendo de gente del campo. No sé por qué hubo una época en la que muchos saltillenses hicieron todo lo posible por borrar cualquier vestigio rural de sus casas y lo primero que hicieron fue sacar el cazo de cobre y comenzar a comprar la cajeta y las conservas en el súper. ¿Dónde quedó el dicho de que en Saltillo el que no es poeta hace cajeta? La verdad, no sé cómo haya afectado este cambio de costumbres la calidad de la cajeta saltillense, pero si me preguntan por los poetas locales…

 

 

 

Caracoles y bacinicas

 

 

 

 

 

 

 

Para no ser demasiado exhaustivo, quisiera ocuparme de una cosa más: los caracoles marinos en las ventanas. ¿Por qué caracoles en las ventanas de las viejas casas saltillenses? Miguel Alessio Robles explica en su libro Perfiles de Saltillo (Editorial Cvltvra, México, 1937), que los enamorados se valían de estos caracoles para enviarse mensajes. Si el caracol estaba colocado boca arriba significaba: “Hoy no puedo, porque aquí está mi mamá”; si estaba bocabajo quería decir. “Nos vemos al rato en el Callejón del Beso” (ustedes saben, aquella callecita que está por rumbo del Mirador); si el caracol, en lugar de estar vacío, estaba ocupado por un molusco, significaba —supongo— que la novia le estaba siendo infiel al novio. ¿Por qué? Porque tenía un baboso adentro. Esto último no lo consignó Alessio Robles y, si lo digo, es para salvarme de la acostumbrada miel que tiene el tema de los enamorados.

 

¿Por qué un caracol de adorno? ¿Por qué esa nostalgia del mar en medio del peladero? No parece un adorno. Parece algo olvidado. Tan simple, tan calcáreo. Lo prefiero a todas las figuras de porcelana o de cristal cortado o de plástico (en el peor de los casos) que las actuales familias saltillenses acostumbran poner en sus ventanas: perritos de porcelana, gatitos de cerámica, cochecitos de juguete, elefantitos de cristal cortado, figuras de plástico de Michael Jackson, el Chapulín Colorado y Ronald Mc Donald o, en el colmo de lo pintoresco, esa bacinica en miniatura sin vaciar que ostenta la relajante leyenda “Pura vida”.

 

Se habla del valor documental de escritos o fotografías, pero no se explora del mismo modo el valor histórico-documental de los objetos que han caído en desuso y que, por sí mismos, nos hablan de un manejo muy diferente del tiempo y del espacio donde se desarrollaba la vida cotidiana, que también merece ser digna de la atención de los historiadores.

 

 

 

Marx, Freud y La última cena

 

 

 

 

 

 

 

Si hacemos un repaso de todos los factores que hemos mencionado como proclives de servir a una historia de la vida cotidiana, descubriremos que esta intimidad tiene también su dimensión épica. No sólo las naciones han luchado por defender su espacio y reclamar su autonomía con respecto a otros pueblos. Cada uno de nosotros ha construido y amueblado su casa con el propósito, consciente o inconsciente, de defendernos contra algo. Así como en los castillos medievales existía un salón donde se exhibían los escudos de armas, basta con ver las paredes de la sala o del recibidor para saber qué es lo que defiende o qué es lo que combate el dueño de la casa. Podemos encontrar la enésima reproducción de La última cena o de un Sagrado Corazón de Jesús o bien un aparatoso atril de madera con una enorme y pesada Biblia abierta precisamente en la página donde comienzan las epístolas de San Pablo. En otra sala encontraremos en una pared, enmarcados en oro, los títulos profesionales de los hijos del matrimonio y, en la pared de enfrente, una gigantesca ampliación, pintada a mano, de la fotografía de bodas de la pareja. En la pared intermedia un retrato de grupo: afuera de una fábrica aparece el señor de la casa y dueño de la empresa posando junto a todos sus empleados, vestidos todos con uniforme de futbolistas. Todos, salvo el patrón, claro, que va impecablemente vestido de traje y corbata y sonriendo mefistofélicamente, como si dijera: “Triunfen o pierdan, yo siempre salgo ganando”.

 

¿Y qué decir de aquellas casas en donde en vez de retratos de familia o imágenes religiosas cuelgan de las paredes reproducciones del Guernica, la Mona Lisa, carteles del Ché, Carlos Marx, Freud o, incluso, la efigie de cuerpo completo de Jim Morrison con el torso desnudo? ¡Olvídense de La última cena! En lugares como ésos puede hallarse hasta una reproducción del célebre cuadro Saturno devorando a sus hijos, de Francisco de Goya, y no necesariamente en el comedor.

 

A mí no me pregunten qué he colgado en las paredes. Soy un escritor y vivo en una casa antigua. No es fácil colgar cuadros, aunque tengo en una pared a Marilyn Monroe escurriendo en medio de sus senos una gotas de Chanel No. 5. En otra James Dean, con las solapas del abrigo levantadas, camina interminablemente malhumorado en medio de la niebla. ¿Qué defiendo o qué ataco con eso? Nada. Ni defiendo ni ataco. Soy. Habrá a quienes eso les parezca excesivo.

 

 

 

Reflexión a la intemperie

 

Hemos estado demasiado ocupados en utilizar nuestra intimidad para defendernos de lo que está afuera y creemos que nos amenaza. ¿Por qué no simplemente disfrutar esa intimidad, vivirla, antes de que el río de la historia nos quite algo que pensábamos estaría con nosotros para siempre? ¿Vamos a ponderar nuestra vida cotidiana hasta que se haya convertido en una reliquia obsoleta y las puertas de nuestras casas permanezcan cerradas en vano? Entonces ya no habrá paredes ni techos que resguardar: donde ya no hay adentro ni afuera, dará lo mismo que las puertas estén abiertas o cerradas.