"Tengo la desgracia de ser mujer": Apolonia Berain

—María de Lourdes Herrasti

Cuántos de nosotros, ajenos a la academia, nos hemos conmovido con historias como la de Menocchio, con esa particular manera que tenía de ver el mundo y su incontinencia verbal que lo llevó a ser condenado por la inquisición en el siglo XVI; o con los relatos de los españoles republicanos que, después de combatir por una causa en la que creían, llegaron aquí, después de la Guerra Civil Española, como se dice, con una mano atrás y otra adelante. Muchos podrían ser los ejemplos y, a ellos, se suma hoy el libro de Patricia Martínez titulado El tejido familiar de los Sánchez Navarro, resultado de un análisis de las cartas intercambiadas entre los miembros de la familia, entre 1809 y 1830.

 

Los Sánchez Navarro era una familia de terratenientes que vivían en Coahuila y poseían varias haciendas que en conjunto formaban la propiedad más grande de América Latina. La protagonista principal, Apolonia, era una mujer que nació durante el virreinato y que contradice en los hechos la imagen que cualquiera de nosotros tendría de una mujer de ese tiempo. Pero además de las vicisitudes de Apolonia el libro atrapa otras voces. La del marido José Melchor; la de su hija Vicenta con su obediencia filial, su desamor a una pareja que no eligió y que tuvo que aceptar cuando apenas tenía 14 años; la de Rafael Delgado, el yerno, con su fallido proyecto para encumbrarse social y económicamente. Y junto con estas voces, vemos rasgos de la vida doméstica, del negocio, de los anhelos, de las dificultades, de los amores y odios, así como algo de lo que fue la historia política y económica del momento.

 

Los años en los que vivió Apolonia, la sociedad mexicana estaba más cerca de la mentalidad virreinal que del pensamiento del siglo XIX a pesar de que México y una buena parte del mundo coqueteaban con las ideas liberales emanadas de la Revolución Francesa. María Elena Santoscoy, en su artículo “Estampas de Saltillo a fines del virreinato”, señala que en esa época se observaba algún desplazamiento “hacia una innovadora manera de pensar y de vivir”, aunque los cambios eran menores que las permanencias.

 

Fue un tiempo en el que la mayoría de las mujeres no vivía una situación envidiable. Caterina Pissigoni, en un artículo titulado “Cómo frágil y miserable. Las mujeres nahuas del Valle de Toluca”, analiza que el concepto de la mujer estaba vinculado a la teología del momento. Las mujeres eran consideradas como fuente de todos los males, como instrumento del diablo y, al mismo tiempo, como seres equiparables a niños incapaces de guiar su propia vida, frágiles, inferiores, impulsivas e irracionales, por lo que fácilmente se dejaban llevar por “la pasión y la trasgresión”; su lugar natural era su casa y la Virgen María debía ser su modelo. Los hombres, en cambio, aparecían como indispensables en sus vidas, pues eran quienes, además de ser responsables del mantenimiento familiar, las protegían para que conservaran las importantes cualidades de la honra y la pureza, al servirles de contención. Muchas de ellas optaban por el convento o se quedaban en casa, atentas a la felicidad y armonía de su familia y a los quehaceres domésticos; si había recursos seguramente tocaban algún instrumento o se entretenían con la lectura. En síntesis, lo suyo no era pensar. No en balde este verso de Joaquín Bartrina en el siglo XIX y que se convirtió en un dicho popular: “Si quieres ser feliz como tú dices /no analices muchacha, no analices”.

 

Se entiende fácilmente que esta mentalidad haya venido acompañada de malos tratos. María Elena Santoscoy, en el libro citado, narra cómo en 1802 Benedicto Ramos de Arreola golpeaba a su esposa quien, al igual que Apolonia, había sido educada “primorosamente” y sabía leer y escribir; y lo hizo tanto que las hermanas de la víctima fueron a rescatarla e hicieron una denuncia. Aunque María Elena nos refiere que un viajero de la época decía que en Saltillo los hombres se distinguían por ser unos caballeros con sus esposas, los malos tratos deben haber sido cosa de todos los días.

 

Apolonia y su marido contradicen ese mundo. Ella hacía cotidianamente algo que entonces era impensable y que incluso hoy algunas mujeres aún son cuestionadas por hacerlo: decidía y, para decidir, pensaba. Como el marido se iba con frecuencia, ya fuera a San Luis Potosí a ver sus negocios, a la ciudad de México donde comerciaba, o bien, a los juzgados para tramitar su derecho de agua, Apolonia se quedaba para manejar la hacienda. El libro retrata a una mujer resuelta que, como cualquier hombre, enfrentaba los problemas y dificultades propios de una enorme hacienda en el norte: los peones irresponsables, el manejo de las cuentas o los robos, igual que la discriminación de los clientes o los ataques de los indios y, como sugiere Mabel Garza en su obra de teatro Un corazón invariable, desastres naturales e inundaciones causadas por las lluvias torrenciales. A pesar de que Apolonia consultaba con su marido algunas decisiones, las cartas deben haber tardado tanto en llegar que podemos pensar que la consulta era más un asunto de forma que de fondo.

 

Como señalé, en el libro se vislumbran otras vidas. Por ejemplo, Vicenta, de quien no sabemos cómo hubiera sido de haber llegado a la edad adulta. Posiblemente habría seguido los pasos de su madre. Murió joven y en su corta existencia debió acatar las órdenes de su padre, aunque posiblemente tuvo el valor de oponerse a consumar el matrimonio. También aparece Rafael Delgado, yerno de Apolonia, quien sufría de esta humana pasión que es el deseo de acceder al poder económico, a la sociedad; quería ir a comer a la Lonja sin que nadie lo excluyera, garantizar su futuro. La temprana muerte de su esposa y el no tener descendencia canceló para siempre la posibilidad de cumplir con este deseo.

 

Varias circunstancias se conjugaron para que Apolonia pudiera tener el desempeño que tuvo. Entre ellas su extracción social, el interés económico de la familia, la frágil salud de don José Melchor, la falta de hijos en edad de apoyar a sus padres e incluso el pensamiento emanado de la Revolución Francesa que, aunque posiblemente no fue una influencia directa en la familia, eran ideas que flotaban en el ambiente. Especialmente importante para que fuera posible una historia como la de Apolonia fue la situación geográfica. La hacienda estaba aislada en una región sin minas, sin agricultura, en este norte, lejano y nómada, a donde las presiones sociales, que siempre ejercen influencia sobre la actitud de las personas, no eran contundentes. La estructura patriarcal, los roles de género y la normatividad social eran más flexibles y permitían hacer un poco de lado la rigidez del pensamiento eclesiástico. Y por supuesto, fue definitiva para la historia que se cuenta en el libro, la mentalidad abierta de don José Melchor que aceptó de buen grado la ayuda de su esposa. Él, que al parecer no compartía la idea de la incapacidad innata de las mujeres, respetaba a su esposa, la escuchaba, tomaba en cuenta sus opiniones.

 

Y para completar el perfil de Apolonia, el libro muestra que no estaba exenta de prejuicios y costumbres propios de la época. Es evidente la subordinación a su marido, su papel dependiente y su pensamiento conservador con lo que a la moral de la época se refiere. Fue esto lo que le hizo escribir esta oración que tanto impacto ha causado a quienes han estado cerca de estas cartas: “… quisa le daras más credito a lo que el te dijese, pues yo tengo la desgracia de ser mujer, y con esto me conozco infelis, y sin palabra (sic)”. Evidentemente la pareja no tenía, ni hubiera sido posible, una relación de igualdad; él tenía siempre la última palabra y la tuvo para el casamiento de su única hija con Rafael Delgado, mismo que se llevó a cabo en contra de los deseos de la madre y de la hija. Apolonia tampoco era ajena a ese sentimiento de superioridad, tan típico de la época, respecto a los empleados y campesinos y, como se “estilaba” entonces, se quejaba, con lenguaje denigrante, de su “servidumbre”.

 

Cartas, contratos, juicios testamentarios, actas de registro civil, recuento de tierras, pleitos y cualquier tipo de documentación han sido siempre material muy útil para la reflexión histórica, pero el uso que se hace de los datos, la mirada de los historiadores, el peso que le dan a determinada información, se ha modificado.

 

Libros como El tejido familiar de los Sánchez Navarro ponen de nuevo en evidencia la importancia de lo cotidiano para comprender más plenamente los momentos pasados y para romper o al menos matizar algunos de los paradigmas que hasta hoy hemos construido.

 

La historia ha cambiado y hace años vientos nuevos comenzaron a soplar. Poco a poco se fue abriendo camino una nueva forma de entender el conocimiento que parte de la convicción de que “la verdad histórica” no existe y que el conocimiento no es más que una serie de aproximaciones sucesivas; una nueva historia que sabe que a los relatos acerca de los grandes acontecimientos y los héroes les falta, para estar completos, esa otra historia que transita por la vida cotidiana; que sabe que la historia está “tuerta” si no consideran lo que sueñan, piensan y sienten las personas, pues es ahí, en lo cotidiano, en lo aparentemente intrascendente, donde con frecuencia se encuentran explicación que da sentido al conjunto; que lo pequeño con frecuencia resulta útil para explicar lo vistoso. Así, lo que sucede en algún pueblo perdido en la Sierra de Oaxaca, en la vecindad de una gran ciudad o en el interior de un convento adquiere importancia.

 

Muchos libros que han sido importantes en el proceso pero basta mencionar dos que podemos considerar parte-aguas: Pueblo en Vilo de Luis González y González, en el que el autor cuenta la historia de su pueblo natal, y el libro de León Portilla La visión de los vencidos, que hizo pensar a muchos en la necesidad de conocer también la forma en que los perdedores miran los hechos.

 

En este proceso las disciplinas, tan separadas durante el siglo XX, se han tenido que acercar. La historia, la antropología, la sociología, la ciencia política, la narrativa, la geografía se vinculan cada vez más aportando, cada una, sus métodos y sus miradas. El viejo pleito entre quienes eran afectos a las encuestas y los amantes de los estudios de caso comienzan a ser cosa del pasado. Contar una historia con detalle permite profundizar, entrar en los intersticios de la vida de una familia, hacer nuevas preguntas. Hoy, la importancia de la vida cotidiana no está en duda.

 

El libro de Patricia Martínez nos permite escuchar a una mujer que no participó en una gesta heroica, como Josefa Ortiz de Domínguez o Gertrudis Bocanegra, pero su voz no es inocua, pues nos muestra la influencia que las mujeres hemos tenido en el devenir de la historia, en la formación de la sociedad y en el rumbo de la economía, y nos permite también romper, o al menos matizar, las preconcepciones y los estereotipos que habíamos construido.

Y para completar el

perfil de Apolonia, el

libro muestra que no estaba exenta de prejuicios y costumbres propios de la época. Es evidente la subordinación a su marido, su papel dependiente y su pensamiento conservador con lo que a la moral de la época se refiere. 

Patricia Martínez, El tejido familiar de los Sánchez Navarro, Archivo Municipal de Saltillo y Universidad Iberoamericana, Saltillo, 2014, 138 pp.