La memoria de los pueblos

Ricardo Elizondo Elizondo

Apunta fray Bernardino de Sahagún que los ancianos indígenas que le informaron sobre la cultura náhuatl —llevaban consigo sus libros de pinturas—, le relataron que en un pasado remoto los tlamatinime, “sabedores de cosas”, también llamados amoxhuaque o “poseedores de códices”, sin dar explicación abandonaron su pueblo y se fueron rumbo a donde sale el sol. Que se habían llevado con ellos las antiguas tradiciones, la historia, el arte de la tinta negra y roja; en una palabra los dejaron sin memoria. Continuaron informando los ancianos sobre la profunda desesperación de los hombres que se quedaban sin pasado y le recitaban a Sahagún este viejo clamor, conservado por generaciones:

¿Brillará el Sol, amanecerá?

¿Cómo irán, como se establecerán los

macehuales (el pueblo)?

Porque se han ido, porque se han llevado

la tinta negra y la roja (los códices).

¿Cómo existirán los macehuales?

¿Cómo permanecerá la tierra, la ciudad?

¿Cómo habrá estabilidad?

¿Qué es lo que va a gobernarnos?

¿Qué es lo que nos guiará?

¿Qué es lo que nos mostrará el camino?

¿Cuál será nuestra norma?

¿Cuál será nuestra medida?

¿De dónde habrá que partir?

¿Qué podrá ser la tea y la luz?

Códice Florentino, detalle.

Afortunadamente para el pueblo, cuatro ancianos sabios no quisieron marcharse y tras largo deliberar les devolvieron la tan ansiada y estimada “memoria”. Entre los cuatro sacaron de nuevo la cuenta de los destinos, los anales, los años y el libro de los sueños. Ordenaron este material, luego lo guardaron para convertirlo en el tesoro más preciado de toltecas, tepanecas, mexicas y todos los demás señoríos del Valle de México.

 

Lo anterior viene a cuento porque, entre mito y realidad, todas las culturas del mundo se han preocupado por conservar y cuidar los documentos que guardan su pasado.

 

Estos documentos pueden ser códices, tablillas de arcilla, láminas de papel de arroz y de seda, papiros, pergaminos,  papel de algodón o de pulpa de madera. El lugar donde se conservan estos documentos se llama Archivo —a veces junto a una biblioteca, a veces no— y ha sido siempre una dependencia del poder, llámese este rey, príncipe, obispo o gobernador, sea república, monarquía, teocracia, oligarquía o simple desorden.

 

Eso no significa necesariamente que todos le den a los Archivos la importancia que merecen. Ha habido brutos o los hay, yo tuve cerca uno, Oficial Mayor, que opinaba que había que tirar tanto papel, porque según él no servían para nada. Afortunadamente no era más que un simple oficial mayor de poder limitado y alguien de arriba se ocupó de darle un coscorronazo. Como quiera que sea, en momentos álgidos los Archivos sufren; basta al respecto recordar el saqueo durante la Reforma, saqueo que nunca acabaremos de lamentar; o en la época revolucionaria, muchas de cuyas noches fueron calentadas por opulentos fajos de documentos irrecuperables.

 

Yo no soy dado a la propaganda ni me gusta incensar, supongo que cada quien debe cumplir con lo que de él se espera porque si no es así, ¿para qué aceptó el reto? Los políticos buscan el relumbrón y muchas veces se quedan en el espejeo, pocos son los que tienen visión para detectar lo que durante generaciones va a seguir siendo recordado. El caso del archivo es de estos últimos. El recuerdo del actual sexenio va a vivir muchos años entre los muros del nuevo Archivo y eso, para el relativismo histórico, es mucho decir.

 

Es cierto que ha habido épocas en que el Archivo fue convertido en feudo personal, eso pasa en todas partes. Lo bueno es que no hay mal que dure cien años ni enfermo que los resista.

 

Voltaire —agudo siempre— dijo que la cultura de un pueblo puede ser medida perfectamente a través del cuidado y respeto con que trata a los documentos de su pasado.

 

 

 

Tomado de Ricardo Elizondo Elizondo, “La memoria de los pueblos”, suplemento cultural Aquí Vamos,

del diario El Porvenir, Monterrey, N. L., año III, núm. 136, 9 de diciembre de 1984, p. 3.