El descubrimiento y conquista de América...

—Julio Torri

Hay que comenzar a tratar de la historia de los descubrimientos y conquistas del Nuevo Mundo mencionando, antes que a nadie, al glorioso almirante Cristóbal Colón (25 de julio de 1451? – 20 de mayo de 1506, en Valladolid). En el Diario de su primer viaje –que sólo se posee en la forma abreviada por Fray Bartolomé de las Casas–; en el Memorial que para los Reyes Católicos [sic] dio a Antonio Torres, sobre el suceso de su segundo viaje; en la Historia del viage quel Almirante Don Cristóbal Colón hizo la tercera vez que vino a las Indias y en las Cartas, reunidas y publicadas por Martín Fernández de Navarrete, se refleja un alma tempestuosa de genio iluminado y un intelecto nada común. Con sobria elocuencia se narran las peripecias y mil dramáticos incidentes de los cuatro viajes que hizo al Nuevo Continente, y se describen sus ríos, valles y montañas, su fauna y su flora, y sus habitantes y costumbres. Son documentos del más alto valor histórico.

 

Hernán Cortés. (Medellín 1485 – Castilleja de la Cuesta, provincia de Sevilla, 1547.) Estudió dos años, a los catorce, en la Universidad de Salamanca, y Bernal Díaz apunta que “…era latino, e oí decir que era bachiller en leyes, y cuando hablaba con letrados o hombres latinos, respondía a lo que le decían en latín” (cap. CCIV). Tomó parte en la conquista de Cuba (1511), y Diego Velázquez, de quien fue secretario, le envió a México, en 1519, tras las expediciones de Francisco Hernández de Córdoba (1517), y de Juan de Grijalva (1518). La conquista de México –que fue, además de una empresa militar brillante, una labor diplomática llevada a cabo personalmente por Cortés– se relata, a medida que va progresando, en las cinco Cartas de relación, que suelen parangonarse por su ejecución, con los Comentarios, de Julio César. Tienen indudablemente como éstos un propósito político inmediato: contrastar las maniobras hostiles de los poderosos amigos del extremeño (el gobernador Velázquez, el obispo Fonseca, que tanta saña había tenido para el mismo Colón, y otros). El favor mismo de Carlos V para Cortés tuvo graves alternativas. Las miras políticas no bastan, sin embargo, para explicar las Cartas de relación. Hay que acudir al concepto renacentista de la gloria, que encendía todos los ánimos produciendo una exaltación o embriaguez que alentaban lecturas del Amadís y de los clásicos antiguos. En 1528 el Consejo de Indias lo llamó a España. Carlos V premió con el marquesado de Oaxaca (1529) los servicios de don Hernando. Únicamente con mando militar regresó a la Nueva España, donde vivió hasta 1541, en que vuelto a la Península, acompañó al emperador en la expedición de Argel. Vive retirado de la corte sus últimos años, distrayendo pensamientos tristes en una academia literaria de ingenios distinguidos. Su testamento encierra cláusulas que ponen de manifiesto un espíritu de gran rectitud. Tras muchas traslaciones, yacen sus huesos en la iglesia de Jesús, en México, anexa al hospital que fundó. Suscitó enemistades más o menos disimuladas entre los mismos misioneros. No sólo conquistó México para la civilización occidental, sino que es el padre en cierto modo de la nacionalidad mexicana. Su leyenda negra hay que compaginarla, para ser justos, con las costumbres militares del siglo XVI. Ante el reparto de esclavas herradas y el martirio de Cuauhtémoc recuérdese la ferocidad de la soldadesca europea de entonces. De Burtenbach, tras la toma de Narni, apunta: “Por gracia de Dios pudimos asaltar el castillo y dar allí muerte a mil personas entre hombres y mujeres.” El conde de Leiningen –por 1504– se dio a sí mismo el bien merecido apodo de “maestro incendiario”. Bartolomé Sastrow, por 1547, vio a los soldados bohemios de Eger amputar a los niños piernas y brazos que lucían después como adorno en los sombreros. Estas monstruosas prácticas de la guerra constituían la regla general. Que Cortés tuvo poco respeto y comprensión para los monumentos de las civilizaciones indígenas es humanamente disculpable después de los horrores que ha presenciado el mundo en las recientes guerras mundiales.

 

Las Casas. El dominico sevillano fray Bartolomé de las Casas o Casaus (1474-1566) en su Tratado de la destruyción de las Indias y en otros escritos (Controversia con el Doctor Sepúlveda acerca de los indios, Tratado sobre la esclavitud de los indios, el muy notable Discurso pronunciado ante el Emperador Carlos V, en respuesta a fray Juan de Quevedo, año de 1519, etcétera) defendió a los indios con gran celo y verdadero espíritu cristiano. Negó el derecho del monarca español a hacerles la guerra y a reducirlos a la esclavitud en cualquier forma, so pretexto de evangelización. Señaló las artimañas que se solían emplear para esclavizar indígenas, y la despoblación de provincias e islas por razón de los trabajos excesivos que se imponían a los indios en las minas. Es una de las más venerables figuras de la colonización española en América.

 

Su Apologética historia sumaria es de la mayor importancia por la información que aprovechó del mismo Colón. Los detractores de España le han utilizado con aviesos fines, sin tomar en cuenta el temperamento exaltado y violento del dominico, las condiciones del tiempo y las inevitables atrocidades de una conquista lograda principalmente por las armas.

 

Gómara. El sevillano Francisco López de Gómara –que nació por 1510–, a partir de 1540 capellán de Hernán Cortés, compuso con el título de Hispania Victrix, una Historia general de las Indias, con gran acopio de datos obtenidos de conquistadores y navegantes que regresaban de América. Escribió después la Conquista de México, segunda parte de la Crónica General de las Indias, aprovechando en gran medida, sin duda, relatos y conversaciones de Cortés. En diversos pasajes se barrunta la inspiración del célebre extremeño, cuyos sentimientos en los últimos años indudablemente reflejan. Así cuando tilda a Pedro de Alvarado de ingrato: “Concertóse con el virrey para ir a Sibola, sin respecto del perjuicio e ingratitud que usaba contra Cortés, a quien debían cuanto era.” O cuando estima que el mismo Alvarado “fue mejor soldado que gobernador”. Y sobre todo, en la parte en que se trata del juicio de residencia a que fue sujetado don Hernando, y de sus enemigos y envidiosos. Pero también hay que confesar que muestra criterio independiente en otros lugares, como donde se censura el tormento y muerte de Cuauhtémoc:

 

Y como cuando, por que dijese del tesoro de Moctezuma, le dieron tormento, el cual fue untándole muchas veces los pies con aceite y poniéndoselos luego al fuego; pero más infamia sacaron que no oro, y Cortés debiera guardarlo vivo como oro en paño, que era el triunfo y gloria de sus victorias.

 

Las oraciones y arengas que a imitación de Tito Livio inserta en su relato fueron tal vez revisadas o sugeridas por el mismo conquistador. Es Gómara uno de los que con más competencia y maduro juicio han tratado de las cosas de América y el valor de su obra histórica es inapreciable. Felipe II prohibió el libro, acaso por las críticas que de paso se hacen a la política imperial en América.

 

Bernal Díaz del Castillo. Es el más veraz y minucioso cronista de la Conquista de la Nueva España, en la cual tomó parte como soldado, siguiéndola paso a paso en sus progresos hasta su consumación.

 

A diferencia de López de Gómara, que era muy docto, Bernal Díaz, que no sabía latín, tenías las letras que se podían aprender entonces en todas partes, y que no eran pocas por cierto, ya que los primeros decenios del siglo XVI fueron de gran cultura intelectual en España.

 

Un hombre sencillo, de gran memoria (escribió su historia cuando andaba cerca de los ochenta años), muy acucioso observador, y de espíritu justiciero que pretendió rectificar a Gómara en la exaltación de Cortés y que en realidad no disminuye en nada la gloria del marqués del Valle. Su relato es de la mayor viveza y bajo su pluma reviven para nuestro regalo y admiración las durísimas jornadas de la Conquista con todos sus trabajos, peligros sin fin, matanzas, rudos lances y heroísmo sin par. Por su interés humano “compite con cualquier obra de los tiempos modernos, sin exceptuar Don Quijote” (Lockart), y sus méritos de veracidad y aliento vital lo colocan en uno de los primeros lugares de las letras hispanas.

 

Nació Bernal Díaz del Castillo en 1492, en Medina del Campo; y murió en Guatemala, por 1581. Cree su editor, don Jenaro García, que “el hecho de que revele en la Historia verdadera un muy delicado sentido moral, regular instrucción, filosofía acertada y religiosidad no común” nos faculta para inferir que su familia le educó con esmero. En 1514 emigra al Nuevo Mundo, y toma parte, antes que en la de Cortés, en las expediciones de Francisco Hernández de Córdoba y de Juan de Grijalva. No sólo peleó al lado de Cortés, y muy cerca de él, durante toda la Conquista, sino que le acompañó también a las Hibueras. Cuando trata Bernal de la muerte de Cuauhtémoc hace este comentario que le honra:

 

E verdaderamente yo tuve gran lástima de Guatemuz y de su primo por avelles conoçido tan grandes señores y aun Ellos me hazían honra. En el camino En cosas que se me ofrecían, espçial darme algunos indios para traee yerba para mi cavallo E fué esta muerte que les dieron muy injustamente E pareció mal a todos los que yvamos…

 

Fue Díaz del Castillo humano con los naturales, en cuya defensa peleó en cierta ocasión con el capitán Luis Marín, y en otra, destruyó el hierro de marcar indios de la villa de Espíritu Santo.

 

 

 

 

Tomado de Julio Torri, La literatura española, Fondo de Cultura Económica, segunda edición,

México, 1955; décima reimpresión, 2014 (Breviarios 56), pp. 181-188.