Durante mucho tiempo, el tono social lo dio Piedras Negras. Nuestra superioridad era notoria en el refinamiento de las maneras y el brillo de las fiestas patrióticas, carnavales y batallas de flores en primavera. Pero, gradualmente, Eagle Pass adelantaba. Casi de la noche a la mañana se erguían edificios de cuatro y cinco pisos, se asfaltaban avenidas. Entre tanto, Piedras Negras entregábase a las conmemoraciones y holgorios sobre el basurero de las calles y las ruinas de una construcción urbana elemental. Inseguros del mañana, olvidados del ayer, los nuestros derrochaban con desprecio de la previsión, indiferentes aun al aseo. En cambio, Eagle Pass se pulía y hermoseaba tal y como las bellas rubias que recorrían nuestras calles abandonadas, manejando ellas mismas las riendas del caballo de sus buggies de luciente barniz. Y empezó a estar de moda vestirse en las tiendas del otro lado. Resultaba también más económico que encargar las ropas a México. Y a medida que las mesas de comidas de la Plaza del Cabrito se iban quedando solas, en Eagle Pass se abrían restaurantes de manteles albos y vajillas plateadas.

 

Antiguamente, las tabernas del pueblo servían a la clientela sendos vasos de vino tinto, extraídos de barricas procedentes de España y de Francia, por Galveston. En los hogares se bebía los vinos blancos de Burdeos. Pronto venció, sin embargo, la cerveza. Cantinas o bares, mostradores de caoba, espejos biselados, fina cristalería, hielo picado y brebajes de mezclas bárbaras, whiskies y bocks. Al principio, el gusto educado les hacía un gesto; preferían los nuestros el buen madera, el oporto o jerez. Pero la baratura y la abundancia, la facilidad para obtener el cocktail, los obsequios de vasos a propósito para la cerveza, la complicidad del calor, todo concurría a la derrota del vino. Pronto, aun en los hogares, iniciada la comida, aparecía la criada que, de vuela de la esquina, traía la jarra de cristal rebosante de espumas, exudadas por el frío de un líquido que parece oro y que sabe a cocimiento sin endulzar.

 

En la escuela se observaba el desarrollo urbano de las dos ciudades vecinas. En la distribución de las tareas de clase de Geografía me tocó levantar el plano de Piedras Negras. Observé, con este motivo, mi pueblo en la amplitud y en el detalle. Visto desde Eagle Pass, luce ventajosamente, asentado sobre el más alto barranco de la margen meridional del río. Sobre las arboleadas de mezquites asoman tejavanes y azoteas, molinos de viento de las norias. A la izquierda, las chimeneas siempre humeantes de la Maestranza prolongan el panorama del otro lado del puente del ferrocarril. Este puente y el de los peatones limitan casi la extensión urbana. Por la derecha, unos cuantos solares con cercas de madera o tapial invaden la vega. El talud arcilloso se desgaja a trechos y descubre cuestas o en otro sentido “bajadas”, que todavía utilizan aguadores con sus burros y que antes de los puentes eran como calles hacia la ribera. Tal recuerdo el conjunto; pero mi tarea me obligó a trazar las avenidas y los cuadros de casas.

 

Entrando por el puente de a pie, salvadas las garitas aduanales, hallábase a la derecha la casa de los Riddle. Un solo cuerpo blanqueado, anchas ventanas, y mirando al río, un tejadillo con barandal de madera. Constituía aquel mirador sitio privilegiado para contemplar las avenidas. Los Riddle, familia bilingüe, padre tejano, madre mexicana, eran gente afable, que invitaba a los vecinos al espectáculo de la estación otoñal si el máximo de la creciente coincidía con el atardecer. Marqué, pues, sobre mi plano, después de trazar la línea del río, el talud y los dos puentes y como primera indicación urbana: Riddle’s home. Media cuadra adelante señalé mi esquina, con la administración del Timbre al lado. Luego, el rectángulo del jardín municipal, con el Cuartel y el Municipio, y enfrente la iglesia; en la misma acera de ésta y sobre la avenida principal, un caserón en ruinas, de techo apizarrado, de dos aguas, muros desportillados y ventanas sin vidrieras. Lo llamaban “la casa de los murciélagos”, porque los vomitaba revoloteando cada atardecer.

 

El costado izquierdo de la plaza no lo advertía nadie; lo encubrían los chopos del jardín, y quedaba separado del tráfico. Sin embargo, había allí entre otros comercios una joyería. En mi plano asenté únicamente esa palabra. En realidad, aquella casa me evocaba una emoción confusa. Cediendo a la costumbre norteamericana de hacer trabajar a los jóvenes en comercio o en oficio durante el período de vacaciones, mi padre me había puesto un mes como ayudante gratuito de aquel su amigo joyero. Me ocupaba de clasificar, por tamaños, las argollas de oro para matrimonios o en sacar brillo al chapeado de los relojes con la gamuza amarilla. Con frecuencia, tras de un simulacro de faena, se me mandaba a jugar con los hijos del patrón, por las habitaciones y el patio. Cierto día, al recoger un trompo que entre todos hacíamos bailar, mis ojos se quedaron atónitos. Sentada en la alfombrilla del suelo, componía la señora su máquina de costura. Levantaba la pierna sobre el pedal y mostraba, no obstante las finas ropas, la parte más delicada y secreta de su belleza rubia, judía y juvenil. A pesar de una ignorancia cabal aún, semejante visión me produjo desconcierto y sobresalto ardiente.

 

Al trabajar sobre mi plano la imagen se encendía y de haber dejado libre la voz de la sinceridad, en lugar del letrero “Joyería”, que acababa de anotar, hubiera escrito: “Misterio maravilloso”.

 

En aquel comercio adquirió mi padre un reloj de mesa. Peana larga de metal barnizado de negro, y encima la carátula de un semicilindro bronceado. Al otro extremo una mujer de metal dorado: cabeza griega, hombros desnudos, pechos firmes. Pegado al talle, un manto le ciñe la cintura y baja cubriendo los muslos en posición sedente; una pierna recogida apoya unas tablas; la otra luce el torneo de una pantorrilla suntuosa. Sostiene la mano izquierda el borde superior del libro abierto, y la otra mano, caída, tiene un lápiz en espera de las órdenes de la mente que lo hará escribir. Era la ciencia, decían en casa, y su frente despejada contagiaba la serenidad; pero los muslos, aun siendo de bronce, recordaban los de la judía.

 

Decididamente, era cosa pobre el plano en que trabajaba. Un árido conjunto de líneas y letras, inepto para sugerir lo mejor de cada sitio: como jaula sin pájaros se veía cada manzana del trazo.

 

Calle del Comercio, creo que se llamaba toda la avenida larga que parte de la iglesia y remata en la estación del ferrocarril. A cierta altura la Plaza del Comercio se engalanaba con la tienda de ropa de los Miranda, veracruzanos, bien trajeados y afables, y con almacenes de maquinaria agrícola, bares de mexicanos y de yanquis. Cerraba el costado opuesto la tienda de ultramarinos Trueba Hermanos, rica en sardinas en lata, pasas y almendras, aceitunas y vinos generosos. Después de la Plaza del Comercio seguían calles con tiendas y tendajos y hospederías. Ya en su extremo, la avenida se ensanchaba. De un lado a la derecha, el edificio de la Aduana, circundado de su jardincillo; enfrente un doble piso de madera pintada de rojo con portalillos, el hotel Internacional. Al fondo, el tejamanil de la modestísima estación del ferrocarril. Detrás los talleres, los almacenes de la Aduana, la pequeña urbe de la Maestranza.

 

Muchas horas me tomó el plano, pero al fin lo vi limpio y ampliado con noticias suburbanas como el Cementerio y el camino de la Villita al sudoeste. Lo contemplaba ya listo para ser desprendido del restirador y no me complacía. Por instinto repudiaba mi obra como un caso de falsificación de la realidad: la falsificaba por causa de la abstracción y las matemáticas. Acaso la más deshonesta y petulante de todas las falsificaciones que perpetra el ingenio. En vez de pintar la vida del pueblo y proyectar su alegría, yo fijaba las perogrulladas de un trazo que da cuenta del número y la extensión del alineamiento urbano.

 

Quedaba fuera, ya no digo lo esencial; también el detalle amable. La realidad pintoresca, el calor y el olor, todo era sacrificado, convertido en perfil y traicionado. Una pueril abstracción de la realidad, eso era la geometría.

 

 

 

Tomado de José Vasconcelos, Memorias I: Ulises criollo / La tormenta,

Fondo de Cultura Económica, México, 1982, (Letras Mexicanas), pp. 46-49.

LA SORDA PUGNA

José Vascocelos

José Vasconcelos.