Historiadores y literatos

Máscara contra cabellera

Jesús de León

Nuestros historiadores y nuestros literatos no son buenos embalsamadores del pasado. ¿A qué me refiero? A que no saben narrar y por lo general lo que presentan, aun en aquellos casos en que pueda decirse que está bien escrito o bien expuesto, nos hace arrugar el ceño. Yo que he sido tantos años coordinador de talleres de narrativa, que he dado tantos cursos de redacción y que he sido durante una considerable cantidad de años director de una Gazeta historiográfica, llego a la misma conclusión: no importa si los contrincantes usan máscara o lucen su cabellera, a la hora que les aplican la quebradora, todos chillan y a más de uno se le arruga el cutis.

 

Da igual si estamos hablando de ficción o de hechos reales. Los hechos tienen una dinámica, una lógica interna, una cadena de causas y de efectos que está prefigurada desde los primeros párrafos del relato y tal vez el lector no lo capte conscientemente, pero siempre espera que la expectativa abierta por esos predicados iniciales se cumpla al final del relato. Cuando no es así, el lector se siente incómodo, insatisfecho, como si el narrador le hubiera dado gato por liebre. Esto en literatura nos ocurre con los malos narradores, que no saben estructurar sus historias, no han profundizado o reflexionado lo suficiente sobre el tema o simplemente tienen poca imaginación.

 

Si pasamos al campo de la historiografía, creo que estaremos de acuerdo en que las versiones oficiales o escolares de la historia de México son las que más provocan en el lector insatisfacción o incomodidad. A este rompecabezas le siguen faltando piezas, y por lo general no son una o dos piezas, a veces es más de la mitad del total o se nos entregan piezas que encajan, pero que están misteriosamente borrosas o en blanco.

 

Resumiendo: en estas lides, ni todos podemos ser el Santo ni todos podemos ser el Perro Aguayo, algunos ni a Mascarita Sagrada llegan. ¿Cuál es el problema tanto de unos como de otros? El miedo a profundizar. El temor de que la crítica de la historia acabe exigiéndonos una autocrítica, cuando en realidad lo que nosotros queríamos era poner como lazo de cochino a los otros historiadores.