Notas sobre historia y ficción

Sergio Cordero

Muchas obras escritas originalmente como literatura se analizan ahora como documentos históricos, en vista de los testimonios que pueden aportar, así sea en forma indirecta, sobre la época en que fueron redactadas.

 

Inversamente, textos escritos en la antigüedad con intención histórica o científica se leen ahora como ficciones y han servido de modelo para la deliberada creación de obras literarias. Los Doce Césares de Suetonio, El millón de Marco Polo o la Historia naturalis de Plinio, por ejemplo, han sido fuente de inspiración para libros como Las vidas imaginarias de Marcel Schwob, Las ciudades invisibles de Italo Calvino o el Bestiario de Juan José Arreola.

 

¿Cómo puede un árido tratado de historiografía convertirse en mera literatura? ¿Cómo puede una obra escrita con toda la libertad de la imaginación, todo el individualismo del estilo, analizarse severa y cuidadosamente por su valor histórico?

 

La clave, pues, para entender la transformación de la historia en ficción (y viceversa) no la hallaremos ni en los rudimentos de estilo, ni en la organización de los materiales en el plan general de la obra, sino en las estructuras profundas que ubican y relacionan hechos y personajes.

 

Según Paul Valéry, el hermoso cuerpo femenino que apasiona al artista porque le permitirá esculpir un desnudo sublime será, mil años después, el esqueleto polvoriento que apasionará al arqueólogo porque le ayudará a reconstruir una antigua civilización.

 

En cuanto al proceso inverso, el que va de la historiografía a la ficción, podemos deducirlo apoyándonos en Jorge Luis Borges, Gastón Bachelard y Aristóteles.

 

El escritor argentino denuncia la irrealidad esencial de cualquier intento de explicación total y sistemática de lo que conocemos como realidad.

 

Además, en cuentos como “La otra muerte” o “Tlön, Uqbar, Orbis Tertius”, subraya un detalle que solemos olvidar: el documento, no por serlo, deja de volverse una representación y, como cualquier otra –sea o no sea hecha con intención artística–, incrementa sus posibilidades de falseo conforme se aleja de sus referentes.

 

Gastón Bachelard descubrió que esas interferencias al pensamiento científico provienen de que la imaginación tiene su propia lógica interna, independiente de las leyes naturales y las conductas sociales, la cual tiende sutil y gradualmente a suplantar, con su aparente coherencia, el verdadero rigor de una explicación válida.

 

En otras palabras: el historiador relata lo que fue, el poeta –el literato, en términos modernos– lo que desearíamos que hubiera sucedido.

 

¿Qué podemos deducir de este panorama? Que la relación entre objetividad y subjetividad, entre lo real y lo imaginario, no resulta tan esquemática como se supondría en un primer intento. Objetividad y subjetividad cambian de lugar conforme evolucionan los paradigmas científicos y estéticos y, de ese modo, modifican las presunciones de sentido de un texto y, en consecuencia, el horizonte de interpretación de sus lectores.

 

La interacción entre sujeto y objeto no es uniforme ni se resuelve siempre en un juego de opuestos. Al contrario: se requiere de un considerable esfuerzo teórico para mantener a sujeto y objeto ya no digamos opuestos sino tan siquiera separados. Borges, en ese sentido, ha demostrado la facilidad con que lo imaginario contamina lo real y viceversa. En su aspiración al rigor científico, el historiador no debe restarle importancia a la subjetividad porque también resulta una parte integrante (e importante) tanto de sí mismo como de los documentos que consulta y los testimonios que recoge.

Paul Valéry.