¿Testimonio o novela costumbrista?

—Eugenia Flores Soria

12 años de esclavo

Cuando decimos que una obra literaria es “ficticia”, nos dice Robert Louis Stevenson en su ensayo “El Arte de la Ficción”, la razón del porqué es obvia; el problema comienza, señala el escritor, cuando nos preguntamos por qué no es ficción. ¿Dónde está esa frontera, si es que existe, entre un texto que presenta una historia real y otro con una obra de ficción, si para escribirlo se utilizan las mismas herramientas que en una novela o un cuento? Esta polémica siempre aparece especialmente en los libros testimoniales, diarios, autobiografías, crónica e incluso en las notas periodísticas. Yo me hice nuevamente la pregunta al leer el bestseller 12 años de esclavo, escrito por Solomon Northup, un hombre afroamericano libre que es secuestrado por esclavistas en 1841, y cuya vida inspiró la película ganadora del Oscar 12 años de esclavitud.

El libro comienza con una nota del editor David Wilson, quien publicó las memorias de Solomon en 1853 y declara que todos los hechos presentados en el volumen son verídicos y han sido comprobados. Añade que la publicación “ofrece una imagen exacta de la esclavitud, con sus luces y sus sombras tal como existe actualmente en esta localidad”. Después empieza la narración de Northup por capítulos, bastante accesibles y tan bien logrados que atrapan al lector de principio a fin. El tono de Solomon me pareció igual de encantador como el de cualquier personaje entrañable de la literatura y la construcción del relato era muy atinada. Entonces lo entendí. El libro, más que un testimonio, era una novela costumbrista del siglo XIX.

 

Solomon nos dice que nació en julio de 1808 en el condado de Essex, Nueva York, y años más tarde se trasladó a diversos pueblos en busca de trabajo. Vivió hasta los 30 años como un hombre libre y gracias a su padre, que fue esclavo, recibió una educación “superior a la que solía otorgarse a los niños de nuestra condición”, pues creció con un alto “sentido de la moralidad”, la fe en Dios y el ideal de la libertad como derecho de cualquier hombre. Después Solomon siguió con su vida, se casó, tuvo hijos y era feliz hasta que un día unos hombres lo engañaron con una falsa propuesta de trabajo. Fue secuestrado, encadenado, golpeado y llevado en barco bajo terribles condiciones hacia el sur de Estados Unidos, donde fue vendido para trabajar en plantaciones de algodón.

 

Uno de los elementos más valiosos del libro es el retrato que hace de la vida de los esclavos y también del trato que recibían los afroamericanos (libres o no) por parte de los hombres blancos. Solomon pasa por varios “amos”, algunos muy amables y generosos como el primero, William Ford, aunque por más cordiales que se comportaran, seguían siendo hombres que compraban a otros seres humanos como si fueran propiedades, para que trabajaran sin paga en sus granjas. También vemos “amos” crueles y yo diría que ya en el terreno de la locura o la enfermedad mental, como Edwin Epps, un tipo sádico y temible que se entretenía levantando “a sus negros” por las noches, luego de las tremendas jornadas de trabajo, para que bailaran “graciosamente”, mientras él se emborrachaba a más no poder.

 

Epps medía el trabajo de los esclavos y quien bajara su rendimiento era azotado.

 

Son muchas las crueldades que narra Solomon, abusos de explotación laboral, sexual y violencia. Relata cómo los compradores separaban a los niños de sus madres y vendían a las niñas “con tez más clara” o a las muchachas “atractivas” para prostituirlas u ofrecerlas como compañía. También vemos, a través de las páginas, que había algunos hombres con un odio particular hacia los “hijos de África”, como les llama el protagonista del libro. Incluso uno de ellos amarró a Solomon a un árbol y estuvo a punto de ahorcarlo, pero fue detenido. El entonces esclavo estuvo atado del cuello y los pies durante varias horas hasta que el amo llegó a liberarlo.

 

Al investigar un poco en internet, me enteré que 12 años de esclavo no fue escrito propiamente por Solomon, sino que recibió ayuda de su ya mencionado editor David Wilson, un abolicionista que hizo de escritor fantasma para estas memorias. Un recurso que todavía se utiliza mucho cuando aparece alguien con una historia extraordinaria y contratan a un escritor profesional para que haga el libro y después lo firme la persona dueña de las experiencias compartidas. Así resulta obvio que la desventura de Northup fue utilizada muy probablemente con fines políticos para persuadir a la comunidad de la abolición de la esclavitud, que más tarde decretaría el presidente Abraham Lincoln.

 

Esto explica algunas rarezas que de inmediato hacen ruido en el texto, como frases grandilocuentes y barrocas que utiliza Solomon, como “oh, desgraciado de mí”, “las cadenas la esclavitud…” o que de pronto cite con exactitud alguna línea de los salmos o incluso frases textuales de alguna obra de William Shakespeare. ¿Quién, en medio del sufrimiento esclavista y el trabajo intenso, tendría tiempo de pensar en el Bardo de Avon? Pero finalmente creo que eso no es lo importante. Al menos sabemos, por los documentos historiográficos, que existió un hombre llamado Solomon Northup y que fue secuestrado como esclavo durante 12 años hasta que un canadiense, Bass, se compadeció de él y lo ayudó a regresar a su hogar.

 

Al leer este libro, es inevitable pensar en otro testimonio que sigue impactando al mundo: El diario de Ana Frank. Ambos relatos son narraciones “reales” de personas, en épocas y contextos muy diferentes, que fueron víctimas de la marginación racial y que dan voz a millones de seres humanos que compartieron el mismo destino trágico. Los lectores también han cuestionado la existencia de Ana Frank y aseguran que el libro es una novela escrita con otros fines, pero eso, al menos para mí, no tiene la más mínima importancia.

 

Estos personajes se han convertido en banderas de la “buena causa”, en ejemplos de vida que dan esperanza o que al menos muestran la capacidad que tienen los seres humanos de sobrevivir ante las peores circunstancias y, en el caso de Solomon, tener un final que se acerque un poco a la felicidad, aunque tampoco se le hizo mucha justicia, ya que a pesar de las denuncias, los esclavistas no fueron encarcelados.

 

Con este libro sabemos qué comían los esclavos, cómo eran sus vidas, cómo celebraban la navidad y los matrimonios, cuántos días al año descansaban y qué les parecía su condición. 12 años de esclavo es también una oportunidad para reflexionar sobre cómo se fundó el país hegemónico de América y para pensar un poco en la experiencia de la esclavitud que hubo en México, pues casi nadie quiere reconocer la herencia de estas personas, nuestros ancestros, en la cultura actual.

 

 

 

 

12 años de esclavo, Northup Salomon,

Editorial Debolsillo, México, 2014, 267 pp.