El Archivo también tiene su historia

Carlos Manuel Valdés

Para entendernos es preciso decir que los documentos para la memoria, de que habla el libro, no deben circunscribirse al mensaje sobre papel en alguna de sus presentaciones materiales, sino cualesquiera que pueda servir para conocer o comprender mejor el pasado. Vartan define el documento como histórico haciendo una clara diferencia entre los manuscritos de archivo y papeles casuales. Histórico quiere decir significativo para una comunidad determinada, para una temporalidad específica y un lugar concreto.

 

En las consideraciones de Vartan descubrimos que “toda persona tiene derecho a descubrir, investigar y promover los valores de su identidad comunitaria” (p. 47). La cuestión estriba en que se puede hacer historia en un sentido filosófico y académico, a la vez que se pueden fabricar historias (o historietas, como decía Friedrich Nietzsche), racistas, complacientes, clasistas, con dedicatoria y mendaces.

 

He ahí el problema. De un mismo acervo se extrae la materia prima para manipular políticamente el pasado y los datos, es decir, para la mentira y para la historia.

 

La historiadora francesa Arlette Farge, que trabajó por años en archivos judiciales junto Michel Foucault, encuentra que “el archivo juega al mismo tiempo con la verdad como con lo real: también crea un efecto por esta posición ambigua en que, al descubrir el drama, se disfrazan los actores atrapados con engaño, en los que las palabras transcritas muestran más de intensidad que de verdad” (p. 37). Lo que dice es que en la recuperación del pasado de los criminales se tienen muchos problemas, pero la historia de las mujeres resulta peor. Los archivos conservan demasiados datos sobre las tareas o los roles femeninos: el aseo, el cuidado del otro, la sexualidad, la reproducción, la maternidad, la educación del hogar. También ahí se localizan informaciones sobre su complemento: la agresividad masculina, la decepción y la manipulación.

 

Arlette Farge encuentra que esa es la historia de la mujer y no la que se haría desde un aislamiento metodológico o, peor aún, ideologizado. En el archivo se la encuentra en sus ámbitos y sus problemas y ahí se descubren los papeles tanto femeninos como masculinos.

 

Por otro lado es el historiador quien debe tener la formación suficiente y una buena imaginación no para crear datos inexistentes sino para pensar a partir de los manuscritos lo que es verdad y lo que no lo es. En un caso de una mujer de clase alta que fue infiel a su marido, Farge encontró en los papeles del juicio que se había creado todo un contexto de aristocracia, que no era verdadero, para que el juez fuera más duro con la adúltera. Sabemos, por tanto, que en los manuscritos también se miente.

 

Ivan Vartán dice que los archivos tienen un lugar en la sociedad porque además de que ayudan a establecer una identidad también generan conocimiento. Propone, o espera, “que estos centros de la memoria siempre sean fuente de enriquecimiento cultural e histórico para el disfrute de nuestros descendientes. Que su función hereditaria siga siendo tan conveniente y válida como en el ayer” (p. 114).

 

Estoy seguro de que esta invitación al cuidado de la documentación y a la difusión de la misma (por medio de libros, de la Gazeta, de catálogos u otros medios, incluso electrónicos) tenga el apoyo debido de los funcionarios públicos. Por lo que corresponde al pueblo, éste ha mostrado interés por saber, y cuando le niegan la información veraz inventa la suya propia.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Iván Vartan Muñoz Cotera, Los Archivos como testimonio

de la memoria. Acontecer y difusión del patrimonio documental.

Archivo General de la Nación, México, 2013, 132 pp.

Nadie, hasta hoy, había escrito un texto extenso sobre los archivos coahuilenses ni menos un intento de teorización sobre los acervos en sí, su conservación, su consulta, utilización y, sobre todo, difusión. No lo hice yo, ni Martha Rodríguez, Lucas Martínez, Alfonso Vázquez u otras de las personas que pasamos un tiempo razonable al frente de archivos locales.

 

Iván Vartan ya había realizado un primer intento de estudio cuando presentó su tesis de maestría sobre la difusión de los acervos históricos partiendo del Archivo Municipal de Saltillo. Pero hizo una tesis, lo que implica un texto académico, rígido, metódico y excesivo, como se espera de un estudiante que pretende un título de postgrado.

 

Después de aquella experiencia y al paso del tiempo, el trabajo en un archivo y otras lecturas condujeron a Vartan a intentar un escrito acotado, pensando en los lectores más que en un jurado. Estudió los acervos y lo que en éstos se encuentra, los documentos, que para el archivo de Saltillo son, todos, textos y mensajes, aún las fotografías y mapas.

Los documentos para la memoria, de que habla el libro, no deben circunscribirse al mensaje sobre papel en alguna de sus presentaciones materiales, sino cualesquiera que pueda servir para conocer o comprender mejor el pasado.