¿Julio cortázar en saltillo?

Este año se cumple el centenario del escritor argentino autor de Rayuela y de algunos de los mejores cuentos fantásticos de la literatura latinoamericana. Presentamos aquí una selección de sus ficciones breves que, leídas desde nuestra óptica local, dejan la impresión de que Cortázar hubiese pasado por Saltillo.

TEMA PARA UN TAPIZ

(o "Así perdió el gobernador Cordero")

 

 

El general tiene sólo ochenta hombres y el enemigo cinco mil. En su tienda, el general blasfema y llora. Entonces escribe una proclama inspirada que palomas mensajeras derraman sobre el campamento enemigo. Doscientos infantes se pasan al general. Sigue una escaramuza que el general gana fácilmente y dos regimientos se pasan a su bando. Tres días después, el enemigo tiene sólo ochenta hombres y el general cinco mil. Entonces el general escribe otra proclama y setenta y nueve hombres se pasan a su bando. Sólo queda un enemigo, rodeado por el ejército del general que espera en silencio. Transcurre la noche y el enemigo no se ha pasado a su bando. El general blasfema y llora en su tienda. Al alba, el enemigo desenvaina lentamente su espada y avanza hacia la tienda del general. Entra y lo mira. El ejército del general se desbanda. Sale el sol.

 

(De Historias de cronopios y de famas.)

QUINTAESENCIAS

(o "Sucedió en el Teatro García Carrillo")

 

El tenor Américo Scravellini, del elenco del Teatro Marconi, cantaba con tanta dulzura que sus admiradores lo llamaban "el ángel".

 

Así nadie se sintió demasiado sorprendido cuando, a mitad de un concierto, vióse bajar por el aire a cuatro hermosos serafines que, con un susurro inefable de alas de oro y de carmín, acompañaban la voz del gran cantante. Si una parte del público dio comprensibles señales de asombro, el resto, fascinado por la perfección vocal del tenor Scravellini, acató la presencia de los ángeles como un milagro casi necesario, o más bien, como si no fuese un milagro. El mismo cantante, entregado a su efusión, limitábase a alzar los ojos hacia los ángeles y seguía cantando con esa media voz impalpable que le había dado celebridad en todos los teatros subvencionados.

 

Dulcemente los ángeles lo rodearon y, sosteniéndolo con infinita ternura y gentileza, ascendieron por el escenario mientras los asistentes temblaban de emoción y maravilla, y el cantante continuaba su melodía que, en el aire, se volvía más y más etérea.

 

Así los ángeles lo fueron alejando del público, que por fin comprendía que el tenor Scravellini no era de este mundo. El celeste grupo llegó hasta lo más alto del teatro; la voz del cantante era cada vez más extraterrena. Cuando de su garganta nacía la nota final y perfectísima del aria, los ángeles lo soltaron.

 

(De Un tal Lucas.)

LA ESTATUA

(o "La fuente de las ranas y yo")

 

La mejor cualidad de mis antepasados es la de estar muertos; espero modesta pero orgullosamente el momento de heredarla. Tengo amigos que no dejarán de hacerme una estatua en la que me representarán tirado boca abajo en el acto de asomarme a un charco de ranitas auténticas. Echando una moneda en una ranura se me verá escupir en el agua, y las ranitas se agitarán alborozadas y croarán durante un minuto y medio, tiempo suficiente para que la estatua pierda todo interés.

 

(De Rayuela, capítulo 107.)

HISTORIA VERÍDICA

(o "Le sucedió a un empleado del Archivo")

 

A un señor se le caen al suelo los anteojos, que hacen un ruido terrible al chocar con las baldosas. El señor se agacha aflijidísimo porque los cristales de los anteojos cuestan muy caro, pero descubre con asombro que por milagro no se le han roto.

 

Ahora este señor se siente profundamente agradecido y comprende que lo ocurrido vale por una advertencia amistosa, de modo de que se encamina a una casa de óptica y adquiere en seguida un estuche de cuero almohadillado doble protección, a fin de curarse en salud. Una hora más tarde se le cae el estuche y, al agacharse sin mayor inquietud, descubre que los anteojos se han hecho polvo.

 

A este señor le lleva un rato comprender que los designios de la providencia son inescrutables y que en realidad el milagro ha ocurrido ahora.

 

(De Edmundo Valadés, compilador, El libro de la imaginación.