Disensos por una antología

[Respuesta a los críticos de mi reseña sobre la antología de Juan Domingo Argüelles]

—Por Sergio Cordero—

Estimados amigos, queridas amigas:

       Agradezco a los poetas incluidos en la Antología general de la poesía mexicana de Juan Domingo Argüelles (Océano / Sanborns, 2014) los comentarios que me enviaron a propósito de mi reseña “Una antología ‘por consenso’”, publicada en la Gazeta del Saltillo (diciembre de 2014). No todos contestaron, pero el número fue significativo y el tipo de respuestas bastante iluminador, incluso en esos casos –nunca faltan– donde algunos no contestaron como escritores, sino como psicoanalistas improvisados: “raptos de visceralidad”, “mala fe”, “te aburres solo”, etcétera, al grado de que no faltó quien tomara a broma la polémica surgida al respecto, diciendo que era digna del programa de televisión La carabina de Ambrosio.

          Así las cosas, se impone un balance. De las respuestas a mi reseña, deduzco lo siguiente:

          a) Sospecho que ninguno de los autores incluidos ha leído aún la antología completa y acaso no lo hagan en el futuro. Los intentos de defensa se limitan a una parte de los textos o de la nómina de autores o, simplemente, cada quien defiende sus propios poemas. Muestran conocer bien la parcela que corresponde a su región, estado, ciudad, generación cronológica o de taller, grupo que publica en los mismos foros o que trabaja en las mismas instituciones. Pero su conocimiento de lo que escriben los poetas ajenos a su campo de acción o de interés parece muy limitado o inexistente. Yo, puesto en el lugar de Argüelles, no les hubiera pedido que me ayudaran seleccionando sus propios textos, sino que los nacidos en los setenta seleccionaran la obra de los nacidos en los cincuenta, los de los sesenta lo hicieran con los nacidos en los ochenta y viceversa, etcétera.

     b) El perfil del poeta ha cambiado y no para bien. A partir de la fundación del CONACULTA, la sobreabundancia de becas, premios y coediciones desarrolló en los poetas la adicción a las subvenciones, las cuales con el tiempo los convirtieron a casi todos en cumplidos funcionarios al servicio de instituciones de promoción cultural. Asimismo, las subvenciones provocaron que el tiempo dedicado a la creación de las obras dejara de depender de la necesidad interna de expresión y de la maduración personal de cada autor. La escritura creativa fue sometida a exigencias de tema, extensión y fecha límite de entrega establecidas por las bases de las convocatorias de los premios, así como a la vigencia de las becas y el monto de los presupuestos de los programas de edición. Estas condiciones impuestas desde afuera obligaron a los poetas a trabajar siempre a corto plazo e introdujeron en la diversidad de los proyectos de creación una tendencia hacia la especulación, la uniformidad y la superficialidad.

     Esta metamorfosis sin duda kafkiana ha modificado también la imagen del lector o, mejor dicho, la ha empobrecido. Para empezar, dicha imagen se partió en dos: el lector “ideal” y el lector “real”. El autor subvencionado y/o burocratizado maneja una concepción “ideal” del lector, similar a la que, según Jaime Sabines, el político tiene del pueblo: una “entidad pluscuamperfecta / generosamente abstracta e infinita” (poema “Diario Oficial”); sin embargo, en su fuero interno, el autor admite que sólo le interesa escribir para una cantidad muy limitada y un tipo muy específico de lectores reales: los jurados que pueden premiarlo o subvencionarlo, los literatos de prestigio que pueden recomendarlo o los escritores-funcionarios que pueden integrarlo a una institución a través de la cual el poeta adquiera poder e influencia. O bien, éste se aferra a la opinión de sus lectores “de confianza” (sus compañeros de taller, de generación en la universidad, de trabajo en la institución donde labora), a quienes autoriza como sus únicos críticos (en privado) y los comentaristas exclusivos de su obra (en público). No le interesa la opinión del lector común (a quien, como si fuera un niño, juzga sin derecho a opinar) ni la de los críticos ajenos a su círculo (a quienes ve como invasores de su propiedad privada).

          ¿Cuál es el resultado de todo lo anterior? La formación de poetas en masa y la producción de poemarios en serie con tirajes ridículamente cortos y distribución casi nula.

         c) Hay quien se burla de que yo considere necesario el concepto de canon para elaborar una antología. Seguramente piensa que postular hoy un canon es un gesto anacrónico, actitud similar a la de quienes consideran obsoleto conocer y dominar la preceptiva y la versificación tradicionales, o bien, creen nocivo ahondar en teorías internas de la literatura porque temen que éstas sequen su creatividad.

         Opino que renunciar al canon equivale a desechar la tiranía de la cinta métrica para gozar de la libertad de medir al tanteo. Además, no nos engañemos. Los poetas que rechazan ser valorados por un canon literario no están renunciando igualmente a todas las demás formas de valoración. Al contrario: buscan que el fenómeno literario sea valorado con escalas ajenas a la preceptiva tradicional y a cualquier teoría interna de la literatura.

         Las valoraciones que están usurpando el lugar del canon literario son de dos tipos: socioeconómicas (la habilidad para conseguir premios, becas y programas de apoyo a proyectos editoriales) y político-institucionales (si un poeta no desarrolla su trabajo creativo amparado toda su vida por una dependencia de gobierno o por una universidad, no merece ser tomado en cuenta: “si te jubilas o renuncias, tu literatura ya no valdrá nada” y mueren nonagenarios en su cubículo).

         d) Se tiende a reemplazar la crítica con la estadística. A falta de una teoría interna de la literatura y, por consecuencia, de herramientas para el análisis e interpretación de los poemas, la apreciación de las obras se ha vuelto tan vaga y general que las cifras terminan reemplazando a los conceptos. Se rehúye sistemáticamente el análisis detallado de textos específicos, la búsqueda de aciertos o fallas en el manejo del lenguaje, en el dominio de la forma o en el conocimiento de la tradición artístico-cultural.

      El abordaje, cuando mucho, se queda en la semblanza del autor, en la enumeración de los temas recurrentes en su obra, en apuntes de sociología de la literatura, en divagaciones pseudofilosóficas o en la inútil ostentación de terminología especializada. Nada que pueda orientar al lector común y lo haga abandonar la lectura de novelas u otros géneros con más éxito. Tal desorientación no es vista como una desventaja, sino como una gran ventaja porque, de ese modo,

       e) el currículum vale más que la obra. La obra ha dejado de tener importancia, se ha vuelto sólo un pretexto para existir como poeta. Lo verdaderamente importante es elaborar un currículum con maestrías y doctorados rimbombantes y con muchas becas, premios y ediciones bajo sellos de prestigio y poner todo eso entre el lector y el texto. Así, cuando el lector común aborde la lectura del poema, pensará: “Bueno, para mí esto es una sarta de disparates pero, como el autor es una persona importante, algo valioso tendrá que, en mi ignorancia, no alcanzo a captar”.

           f) Me dirijo ahora a los poetas nacidos en los años setenta y ochenta. Lo que leyeron en el último párrafo de mi reseña surge de un concienzudo examen del desarrollo de la poesía mexicana que he realizado en los últimos veinticinco años. Les invito a leer, entre otros botones de muestra, mi libro Crítica en crisis (2011), mi ensayo “Notas para un apocalipsis de la cultura” (La Humildad Premiada, revista de la Universidad Autónoma de Coahuila, número 16, mayo de 2013, pp. 17-28) y mi reseña al libro Caníbal. Apuntes sobre la poesía mexicana reciente de Julián Herbert (La Humildad Premiada, número doble 13-14, diciembre de 2011, pp. 49-55). Todos ellos ofrecen testimonios y argumentos acerca del rotundo fracaso del proyecto de literatura subvencionada echado a andar por CONACULTA y sus equivalentes estatales desde 1990.

           Lo que dije, pues, no fue ni un “rapto de visceralidad” ni una “descalificación gratuita”.

         

           Feliz Año Nuevo para todos.

         

           Atentamente,

           Sergio Cordero