Comida y fusilados

Martín Luis Guzmán

Batallón de fusilamiento, c. 1913. Fototeca del Archivo Municipal de Saltillo.

Empezábamos todos a comer debajo de unos mezquites, cuando vienen a traerme dos oficiales prisioneros, y a preguntarme que qué trato les dan. Yo contesto, sin dejar mi plato, que allí mismo los fusilen, conforme a las disposiciones del Primer Jefe. Y como los dichos oficiales oyeran aquellas palabras mías, uno de ellos se puso a mirarme, y con palabras serenas expresó que él no objetaba anda, que podíamos fusilarlo cuando quisiéramos y donde quisiéramos; y que él también, de ganar su ejército la batalla y caer nosotros prisioneros, nos había aplicado con mucho gusto aquella ley de muerte, y con más gusto él a mí que yo a él, porque él era un hombre militar que andaba al cumplimiento de sus deberes, mientras que yo no era, con todos los míos, más que un bandido encumbrado que andaba al fruto de mis depredaciones.

 

Oyéndolo, yo no me enojé, siendo injuriosas y muy injustas, aunque tranquilas en el tono, aquellas palabras que el dicho oficial me dirigía. Sin dejar de comer, hice seña de que mi orden se cumpliera. Porque pensaba entre mí: “Este hombre es un valiente que va a morir. ¿Debo yo privarlo del consuelo de creer que muere por una buena causa, y que lo mata un bandido sin fuero ni ley?”. Y decidí por eso no responderle nada ni declararle el yerro en que estaba. Pero sucedió que el otro oficial, por impulso de su grande pavor, no anduvo el camino de su compañero, sino que se acercó hasta mí para pedirme misericordia, y se arrodilló y lloró, y me dijo cómo lo habían obligado a prestar sus servicios a Victoriano Huerta, y cómo lo había engañado anunciándole que sus fuerzas venían al Norte a contener la invasión de los americanos, ya no a la pelea con los hombres constitucionalistas, que también luchaban ahora contra aquella conquista extranjera. O sea, que habló las palabras que un hombre encuentra cuando no quiere morir. Pero yo no me ablandé, aunque en verdad sus expresiones estaban revolviéndoseme dentro de mi ánimo, sino que le dije que la ley del señor Carranza era nuestra ley, y que conforme a las órdenes de esa ley allí mismo iban a fusilarlo.

 

Así empezó a hacerse. La escolta que traía aquellos prisioneros hizo los preparativos para pasarlos por las armas. Entonces el señor licenciado Jesús Acuña se me acercó a la oreja para pedirme que aquellos fusilamientos no se hicieran delante de nosotros. Me dijo él:

 

     —Mi general, yo le ruego que nos evite la visión de estas muertes. Nosotros estamos comiendo; estamos contentos por nuestro triunfo de la mañana. ¿Vale enturbiar nuestra alegría mirando lo que nada ni nadie nos obliga a que suceda enfrente de nuestros ojos?

 

Yo le contesté, sólo que voz muy alta, para que la oyeran todos:

     —Muchachito, anda usted muy equivocado en los sentimientos que lo conmueven. Yo no estoy alegre: los triunfos de las armas se mojan siempre con la sangre de muchos hermanos nuestros, amigos y enemigos. Además, me parece que a mí que es muy dura la ley de muerte que Carranza nos da tocante a todos los jefes y oficiales enemigos que caigan prisioneros; pero, conforme a mi juicio, esa ley es una ley buena y justa, que todos los hombres revolucionarios debemos respetar y aplicar. ¿No es usted buen hombre revolucionario? ¿Por qué se asusta de ver cómo se cumplen las leyes de nuestra Revolución, cuanto más que son leyes que su jefe, el señor Carranza, nos da? Lo que pasa, amiguito, es que ustedes los políticos chocolateros quieren ir al triunfo sin acordarse de los campos de batalla que nosotros empapamos con nuestra sangre, y con la sangre de los hombres enemigos que nuestras manos matan por nuestro amor a la causa de la justicia, y se imaginan que no viendo ustedes las cosas, las dichas cosas ya no existen en el panorama de su acción. Ustedes, señor, en su ánimo de políticos, hacen las leyes de la Revolución, y esperan gobernar al pueblo en cuanto la Revolución triunfe, y saben cómo el triunfo no vendrá si nosotros, los revolucionarios de armas, no vencemos al enemigo y aniquilamos las familias explotadoras del pueblo. Pero ustedes quieren que sólo nosotros seamos, muy lejos de las oficinas donde ustedes escriben las leyes, los ejecutores de la acción sanguinaria, para que todo el desdoro de matar sea solamente nuestro, y ustedes sigan tan puros y sin mancha, y en nada les alcance el lado negro de la Revolución. Hoy, señor, no será así. ¿Usted tiene por buenas leyes las del señor Carranza? Pues va a ver lo que cuesta ejecutar esas leyes y lo que tienen que hacer para cumplirlas en sus semejantes los hombres sumisos que andamos peleando por mandato de nuestro deber. Así no pensará nunca mal de nuestras manos empapadas en sangre. Así irá aprendiendo cómo es la realidad de las cosas de la guerra, y cómo no debe uno sentir horror, ni menosprecio, por los hombres que ejecutan, obedeciéndonos, los actos crueles que nosotros ordenamos y sin los cuales el triunfo de nuestra Revolución no podría lograrse. Yo le digo, señor, que tan tinto de sangre está el hombre que firma una ley de matar, como está el hombre que mata por la sola ley de su conciencia. Y en este momento, salvo que usted me declare que la ley del señor Carranza le parece mala, juntos nos vamos a ensangrentar aquí los dos mirando estos fusilamientos.

 

Así fue. Repetí yo mi orden de que allí mismo se fusilara a los dichos prisioneros, según lo disponía con su ley el Primer Jefe, y allí los fusilaron, enfrente de nosotros, conforme seguíamos en nuestra comida; y allí estuvimos sentados delante de los cadáveres hasta que nuestra comida se acabó.

 

 

 

Tomado de Martín Luis Guzmán, Memorias de Pancho Villa, Editorial Porrúa,

México, 1984 (“Sepan Cuantos...”, Núm. 438), pp. 259-260.