Villa cuenta la Batalla de Paredón

 

Martín Luis Guzmán

Pancho Villa y Felipe Ángeles, 1914.

A lo que yo recuerdo, desde el día 11 de aquel mes de mayo empezaron a moverse mis tropas rumbo a Saltillo, por la línea de Hipólito y Paredón; iba de vanguardia la brigada de Maclovio Herrera. Otro día siguiente salieron treinta y seis cañones de mi artillería. Salió después la Brigada Villa, al mando de José Rodríguez. Eusebio Calzado, que, según antes indico, era de mucha práctica para las maniobras ferrocarrileras, disponía con grande orden todo aquel movimiento de mis convoyes. De modo que para el día 15 ya estaba yo en Hipólito con mi estado mayor, y con mi escolta, y con todos los hombres y caballada de la Brigada Zaragoza, de la Brigada Robles, de la Brigada González Ortega, de la Brigada Hernández, de la Brigada Sanitaria, más todo mi parque y bastimento. Tantos eran mis trenes, que cuando llegamos a Hipólito la marcha no pudo seguirse, y no por yerro de mis disposiciones, ni por error de Eusebio Calzado, sino por la destrucción de la vía, que el enemigo, para protegerse de mí, había levantado delante de Sauceda, estación que así se nombra.

 

—Hoy estamos a 15 de mayo. Cree mi general Ángeles que con estas disposiciones que traigo podíamos hallarnos sobre Paredón el día 17 por la mañana.

     Y en verdad que a mí me pareció de tanto acierto aquella maniobra aconsejada por Felipe Ángeles, que en el acto me puse a dictar mis órdenes. Serían las tres de la tarde cuando llegó delante de mí el coronel Vito Alessio Robles. Serían las tres y media cuando ya estaban apeándose de mis trenes mis hombres y mi caballada. Serían las cuatro cuando llamé a Toribio Ortega y le ordené mis providencias para su travesía hasta Zertuche. Y serían las cinco cuando mirando ya en marcha todas mis tropas, unas rumbo al noreste, hacia Paredón, y otras rumbo al oriente, hacia Zertuche, subí a un motor de vía con el jefe de mis trenes, con Rosalío Hernández y con el coronel Vito Alessio Robles.

 

Otro día siguiente, 16 de mayo, el grueso de mis tropas se internó por el cañón de Josefa, mientras la artillería, con sus sostenes, hacía el rodeo por la Tortuga, Treviño, la Leona y las Norias. De este modo, el día 17, a las seis de la mañana, ya estábamos juntos todos en Fraustro, a unos quince kilómetros de Paredón.

 

Mas es verdad que reflexionaba yo, por los informes de mis correos, que el uso de la artillería no iba a sernos necesario, porque los cinco mil hombres de Paredón seguían allí casi en abandono delante de nuestro avance y sin noticias ni sospechas del rompimiento de su línea de comunicaciones con Saltillo por los dos mil caballos de Toribio Ortega.

 

Es decir, que vaticiné cómo aquella batalla se reduciría a un mero asalto que mis hombres de a caballo darían con grande furia.

     Según llegué a reunirme con el general Ángeles en un paraje situado como a tres kilómetros de Paredón, ya no hice más que repetir las providencias que antes había dado, y dispuse cuál sería mi señal para el ataque.

 

—Mi consigna es ésta: al oírse el estallido de una bomba a pocos pasos de este sitio en que ahora estoy, todas las brigadas, en línea de asalto de caballería, se echarán encima de Paredón, y no contendrán su ataque hasta conseguir el aniquilamiento del enemigo.

 

Porque es lo cierto que mis hombres se abalanzaron entonces de tal manera sobre sus objetivos, formados por unas defensas que el enemigo tenía levantadas por el lado del ferrocarril, y otras en la loma donde estaban sus cañones, que la artillería enemiga casi no tuvo tiempo de disparar, y las balas de sus ametralladoras no fueron bastantes para resistirnos, mientras los cañones nuestros, emplazados con rapidez y en movimiento de grande maestría, no hallaron ocasión para sus fuegos.

     Media hora después de iniciarse nuestro ataque el enemigo se desbarataba ya delante de nosotros y no conseguía oponernos obstáculo que nos detuviera. La Brigada Zaragoza, al mando de los jefes Eugenio Aguirre Benavides y Raúl Madero, llevó tan adentro el furor de la pelea, que las fuerzas federales, sin ningún concierto en su acción, empezaron a desbandarse. De nada les aprovechó que su caballería, en salida de muy buen orden, intentara un movimiento de flanco sobre nuestra derecha, pues mirándola yo venir, hice que la gente de Maclovio y de José Rodríguez arrancara a encontrarla a toda rienda, y tan amenazador resultó aquel empuje de los nuestros, que los caballos enemigos no sólo no se aprontaron al encuentro, sino que retrocedieron hacia el punto de donde venían, y luego se borraron de delante de nosotros.

 

Así acabó aquella acción del 17 de mayo de 1914: en destrozo del enemigo por el sólo choque de mi caballería, y en persecución de los restos de aquellas fuerzas, tras la cuales mandé las de José Isabel Robles.

 

Como antes indico, en el combate de Paredón murieron los generales enemigos Ignacio Muñoz y Francisco A. Osorno, más el coronel Joaquín Gómez Linares. Pero yo no tuve noticia segura de aquellas tres bajas al hacerse el recorrido del campo, que para el mediodía de aquel día ya teníamos levantado, sino que lo supe unos o dos días después, por informes que nos llegaban. Entonces encomendé al coronel Vito Alessio Robles que buscara los cadáveres de aquellos hombres, pues quería cerciorarme de su muerte, y así fue. Alessio Robles encontró el cuerpo del general Osorno en el lecho de un arroyo, nombrando Arroyo de Patos, y los cuerpos del general Muñoz y del coronel Gómez Linares al trastumbar de la cumbre de San Francisco, cerro que así se llama.

     Otro coronel herido, o teniente coronel, de apellido que no me recuerdo, cogieron mis fuerzas durante la persecución de aquella mañana. Rodolfo Fierro, que lo supo, lo pidió para fusilarlo, cosa que nos mandaba el señor Carranza en su nueva Ley de Benito Juárez. Pero el jefe nuestro que lo había cogido, nombrado José Ballesteros, le contestó que no, que no se lo entregaba, que tenía orden de Felipe Ángeles de respetar la vida de aquellos hombres. Fierro viene entonces en busca de mí a expresarme su queja. Yo llamo a Felipe Ángeles y le digo:

     —Señor general, hay un jefe prisionero que por disposición de usted no entregan para muerte, según está mandado que se haga por providencias del señor Carranza.

     Ángeles me dice:

     —Mi general, el jefe que quiere fusilar Rodolfo Fierro es un hombre que cayó herido.

     Yo le respondo:

     —Muy bien, señor. Fusilándolo lo libraremos pronto de sus penas.

     Él me contesta:

     —No, mi general. Los sentimientos humanitarios mandan curar primero las heridas de nuestros enemigos, y luego se ve si alguna ley de muerte los alcanza. Así obran los buenos hombres militares.

     Y es lo cierto que oyendo yo aquellas palabras, comprendí cómo Felipe Ángeles tenía razón; es decir, que vi claro que estando herido un hombre, nuestros sentimientos tenían que ser de misericordia, no de castigo ni de venganza, aunque las leyes así nos lo impusieron. Por eso mandé llamar a Rodolfo Fierro y le dije:

   —Amiguito, nos ordena la ley de señor Carranza fusilar todos los jefes y oficiales enemigos que caigan prisioneros. Yo obedezco esa ley. Pero estando herido un prisionero, la ley humanitaria nos manda curarlo. También obedezco yo esa ley. Mi voluntad es ésta: fusila usted, conforme a la voluntad del señor Carranza, todos los jefes y oficiales enemigos que estén sanos, pero cura usted primero todos los que encuentre heridos.

 

 

 

Tomado de Martín Luis Guzmán, Memorias de Pancho Villa,

Editorial Porrúa, México, 1984 (“Sepan Cuantos...”, Núm. 438), pp. 253-259.