Los documentos dicen lo que cuestionamos

Carlos Manuel Valdés

Muchas personas piensan todavía que esto se está acabando. Todavía en los años 50 de nuestro siglo XX, prácticamente hacer archivista a alguien era meterlo a un lugar del que ya no iba a salir, era una cárcel, era una especie de quitar a los estorbosos, a la gente problemática o a la peleonera. A ellos se les mandaba a los archivos o bien, lo contrario, se mandaba a algún compadre o comadre para que estuviera cobrando sin ningún problema. Es decir, que entre los liosos, los peleoneros y los que estaban en nómina sin trabajar era más o menos la imagen bien ganada del archivista hace 40 años o 50, y tal vez ni siquiera tantos años en algunos casos. Por suerte, los archivistas verdaderos han salido lentamente de este contexto, de esta imagen que se tenía bien ganada pues eran los políticos los que la habían generado.

 

Por suerte, los archivistas como ustedes han estado terminando con esto y prácticamente pienso que no todo se acabó de la imagen negra del archivista, sino que al contrario se ha dignificado de tal manera que el cambio es radical, y es radical porque, si antes uno nada más tenía que estar cuidando y estarse acostado arriba de los documentos para que nadie los tocara, ahorita se ha transformado de tal manera que nosotros somos, o ustedes son, los que revisan los documentos, los que le dicen a la gente qué hay que hacer y los que a menudo le hacen los libros a los historiadores y muy pocas veces recompensado con alguna mención por parte de ellos. En general, se sitúa uno, yo como historiador, entre aquél que piensa que los demás tienen que trabajar para él, pero que él es intelectual, el que firma, el que crea, esto es algo muy socorrido en el gremio de los historiadores y se comete la injusticia y la ingratitud. Atrás de todo, digamos que salió un artículo maravilloso aplaudido en el Distrito Federal, está el trabajo de ustedes, donde jamás se les menciona. Sin ustedes jamás hubiera hecho una línea y esta es la cuestión. De todas maneras estamos cambiando y estamos cambiando para bien.

 

No nos podemos quedar con la idea del archivista como el que únicamente guarda papeles viejos. En otro tiempo eso era porque los papeles nuevos a nadie le interesaban, más que cuando había grilla. Debido al dominio político que se tenía sobre todas las experiencias de la vida, los archivos ni siquiera tenían uso. Allá, de vez en cuando, un señor que tenía un accidente de tránsito venía a buscar su registro de tránsito para poder cobrar el seguro o alguna otra persona por ahí perdida que quería saber de un terrenito o que si tenía un derecho en el panteón. Se delegaba la consulta a los archivos a lo viejo, o a lo que llamaban histórico, malamente histórico porque un accidente de tránsito es tan importante como un testamento de un tlaxcalteca de 1607. Es lo mismo exactamente, es un documento uno y otro, nada más que la diferencia es que se va conceptualizando.

 

Se le van poniendo valores a las cosas y entonces se transforman los documentos, y un documento que podría ser muy poco importante, por decirles algo, el que expone las calificaciones de don Venustiano Carranza en el Ateneo, ahorita nos parece importantísimo. Fuera de eso, yo pienso que él era un joven como cualquier otro, a lo mejor menos inteligente, menos estudioso que otro y la gente magnifica estas cosas. Por supuesto sí son importantes, pero no la importancia que se les da. Por ejemplo, estuve consultando para un libro que hicimos con el Museo Rubén Herrera y Rubén Herrera era magnífico en sus dibujos y en algunas cuestiones de arte, pero siempre reprobó francés e italiano. Después nos enteraríamos que vivió en Roma y que se casó con una italiana, también supimos que habló italiano el resto de su vida, pero aquí lo tronaron en italiano.

 

Este es un documento. Ni bueno ni malo. Ni es importante ni despreciable, simplemente son documentos que cuando alguien quiere aprovecharlos entonces sí los conceptualiza y les da un valor, pero dentro de una obra más grande. Fuera de esto, se extraen documentos a menudo para humillar a otro, para vengarse de alguien o de una familia ajena, lo cual es muy usado por los historiadores mediocres.

 

Los que leemos documentos vamos creando agrupaciones de conocimientos, esto nos puede llevar a una certeza concreta y esa certeza no es la verdad todavía, sino que nos puede conducir a una determinada verdad que no es “la verdad” entre comillas. Es decir, nunca encontraremos la verdad.

 

Les voy a poner un ejemplo: tenemos los testamentos de los españoles y los testamentos de los tlaxcaltecas, si los tlaxcaltecas en sus testamentos nos mencionan que tenían más hijos y que se casaban más veces, se les moría la mujer y se casaban con otra, y se les moría ésta y se casaban con otra, por eso tenían más hijos de tres o cuatro matrimonios, pónganle seis o cinco. Un tlaxcalteca se desarrollaba económicamente teniendo más hijos. Si la casualidad era que tenía más hombres que mujeres, entonces tenía más mano de obra accesible y, por eso mismo, el tlaxcalteca se podía enriquecer más rápidamente que otros tlaxcaltecas y que otros españoles. Si leemos los testamentos nada más para ver “en el nombre de Dios y de su santísima madre, porque estoy para morir y aunque estoy enfermo del cuerpo estoy sano del espíritu”, estas son fórmulas que encuentran en todos los testamentos. No hay que ir a un testamento con esos ojos. Si uno tiene una óptica para buscar algo concreto entonces lo encuentra.

 

 

LAS NEGRAS AQUÍ SE LAS VIERON NEGRAS

Llegué aquí a hacerme cargo el primero de enero del 89, con don Eleazar Galindo como alcalde y de repente platicando con los compañeros del Archivo, don Ildefonso me empezó a hablar de que un esclavo negro había hecho tal y tal cosa y dije ¿cómo puede ser? ¿había esclavos negros en Saltillo? Y así les digo, si uno tiene un proyecto de escritura, un proyecto de hacer algo de historia, entonces hay que echarse un clavado documental y buscar todo lo que se encuentra sobre esclavos negros, esclavas; cómo las manejaban los patrones, cómo las iban embarazando para hacerse ricos, etcétera. Pues el saltillense socarrón brota en todos los documentos. Sí, en todos los documentos habidos, por eso se compraban más esclavas que esclavos. Esto es un hecho: ¿por qué más negras que negros? Cuando en Zacatecas todos querían negros hombres y en la Ciudad de México pues más y entonces nos aventaban lo que les sobraba, que eran las muchachas, y aquí felices de tener muchachas negras porque era un negociazo.

 

Si una esclava negra había sido comprada por 125 pesos, esto es un documento real, la embarazaba su propio patrón y ustedes dirán por qué el propio patrón. Es muy sencillo: el vientre era el que definía el estado social del producto, quiere decir que si la mujer era esclava, por su propio vientre le estaba heredando la esclavitud a su hijito o hijita. Si la hubiera embarazado un mulato, si se hubiera casado con un indio o con un español, automáticamente se podían liberar de esta esclavitud. Por eso, los patrones no dejaban que ellas se metieran sexualmente con nadie más que con ellos, es muy simple, no tendría papá, pero sí tendría dueño el producto.

 

Si estas señoras o estas muchachas se embarazaban, el muchachito era vendido en 75 pesos. Incluso, en el vientre se llegaron a vender niños; se vendía a la señora más el producto del vientre en 125 pesos más 75. Entonces ya había ganancia, pero si el producto era una muchachita, el patrón la iba a dejar crecer para que a su vez saliera embarazada a los 14 años por el hijo del patrón. Entonces tenemos sumas reales de cómo los socarrones de aquí ganaban mucho dinero vendiendo muchachas negras, cuyo vientre iba generando esclavos.

 

 

¿PAPELES VIEJOS O DOCUMENTOS ANTIGUOS?

Uno no encuentra los datos allí esperándolo, el proyecto es el que nos lleva a calificar los documentos. Los documentos no tienen signos, así como no tiene signo una licencia para conducir, donde viene su placa entonces si sabemos quién la hizo y buscas su domicilio en la licencia de conducir y se le atrapa porque asesinó, entonces un documento inocuo como puede ser ir manejando se puede convertir en una prueba y entonces se transforma esencialmente.

 

Es decir, de aquello que no servía para nada, incluso nosotros quemábamos una buena parte de las licencias cuando ya pasaban de determinados años ya no iban a servir para nada, no tenían ningún servicio para la comunidad y, claro, por medio de alguien, de un auditor, etcétera, se veía todo lo que se iba a quemar . No nada más se entregaba a ver quién lo quema, o bien si se llevaba a la fábrica Kimberly Clark, se veía que se derramaba sobre la pila de ácido hasta que el último documento era penetrado.

 

Ustedes lo saben mejor que yo, que hay documentos que no sirven para nada y luego se producen siete copias de un mismo documento y las tenemos todas en el archivo, pues ya no, ahora nos quedamos si acaso con una y las otras las quemamos. Sin embargo, me regreso al planteamiento anterior. Los documentos tienen significados en el momento que uno les pregunta cosas, es decir, el documento no sirve para gran cosa si no hay alguien que le esté haciendo preguntas.

 

Don Ildefonso tuvo la inteligencia y la gracia de ser muy curioso, sigue siendo demasiado curioso, entonces él le dice a uno, mira lo que encontré entonces uno mismo lee un documento donde uno puede plantearse algunas cosas. Voy a hablar de un trabajo que él hizo en los testamentos que se encuentran muy rara vez, porque primero la gente de Saltillo no leía, pero los poquitos que leían decían “le heredo a mis hijos 80 libritos que están bien conservados y veinte que están maltratados” y se acabó, pero algunas veces venían especificados los nombres de los libros. Entonces, el señor Dávila se puso a sacar y contar todos los títulos de libros y aunque leían poco los saltillenses, sí sabemos qué leían y es impresionante y verdaderamente insólito. Leían clásicos: Virgilio, Ovidio, Julio César, la gente consultaba las máximas de Santa Teresita. Había gramática de varias lenguas, historia universal, relatos de viajeros.

 

No dejar que el documento nos diga lo que nos quiere decir, que a menudo es nada, que en el caso anterior sería: que este señor se murió con ocho libros en la cabecera, esto no importa, nos importa si lo comparamos con otros, si empezamos a ver qué significa esto, pero si nos apartamos un poquito en el documento histórico nos metemos en una complejidad y en una problemática más grandes.

 

 

APUNTADORES PELIGROSOS

Los documentos pueden ser peligrosos, y no solamente peligrosos, sino verdaderamente peligrosísimos apuntadores. Les ponía aquí el ejemplo tan simple de las calificaciones de Rubén Herrera o de Venustiano Carranza, a quién le importa si fueron buenas o malas, finalmente estos señores destacaron. Si nos vamos más lejos, el gran cerebro del siglo XX, Albert Einsten, fue reprobado en el Politécnico de Berna. Entonces, una reprobada no significa nada, pero es un dato que ya dentro de un conjunto vale. El documento, así como lo usa un buen historiador, es para buscar certezas y para ir pintando o acercándose a verdades que nunca tendrá la verdad y no hay que aspirar a ella.

 

Hay que aspirar a verdades relativas y ojalá que alguien, con el tiempo, las junte con otras. En el momento actual son mucho más difíciles porque pueden ser aplicables a cuestiones concretas y pueden ser aplicables a injusticias graves. Es decir, un documento suelto puede significar cosas que en realidad no tenía. Hagamos de cuenta que un periodista que se encuentra en la nómina del Estado se le cuestiona qué trabajo tiene y se empieza a decir que es un aviador y que un funcionario le da dinero para que hable bien de él. Y esto se puede transformar en algo muy grave porque hay una acusación directa contra el funcionario y directísima contra el periodista.

 

 

 

Tomado de Gazeta del Saltillo, Año V, número 3, marzo de 2003, p. 4-5.

Carlos Manuel Valdés.

No nos podemos quedar con la idea del archivista como el que únicamente guarda papeles viejos. [...] Los documentos tienen significados en el momento que uno les pregunta cosas, es decir, el documento no sirve para gran cosa si no hay alguien que le esté haciendo preguntas.