El espacio local vuelto universo

Jesús de León

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Fotografías de la colección A.V. Carmona.

Uno de los prejuicios más difíciles de combatir es el prejuicio contra lo local. Es difícil apreciar lo que tenemos porque lo vemos todos los días, al grado de que se nos vuelve invisible y necesitamos otros ojos para volverlo a apreciar. Esto implica un problema. Verlo de otra manera, reflexionar sobre ello, analizarlo, escribir en suma algo que rescate esa riqueza olvidada y relegada. Quién se atreve a hacerlo. ¿Qué saltillense escribiría sobre otro habitante de la ciudad de un modo que resultara convincente para el resto de sus conciudadanos y para el público en general? ¿O acaso estamos condenados a que sean los fuereños o los extranjeros los que dirijan nuestra mirada hacia donde ellos ponen los ojos, cuando podríamos simplemente recurrir a la fidelidad de nuestro espejo diario?

 

Estas divagaciones, que en el fondo no son tales, tienen que ver con alguien que captó paisajes, edificios y calles de nuestra ciudad. ¿Quién no ha oído hablar en Saltillo de Alejandro Víctor Carmona Flores (1890-1958)? ¿Qué saltillense no ha visto, aunque sea sólo una vez, la serie completa de Saltillo en el bolsillo o Saltillo antiguo, dos álbumes de este fotógrafo? Su legado nos obliga a contemplar, a observar.

 

Carmona hizo algo que muchos fotógrafos profesionales antiguos y modernos no practican. Logró sacar al tiempo de sus imágenes. El tiempo como transcurso, no como época, porque si algo queda plenamente establecido en las fotos de Carmona es la época en que fueron tomadas: de los años veinte a los años cincuenta. Incluso en este aspecto hay que observar que a Carmona le tocó vivir en un Saltillo que, desde el punto de vista arquitectónico, había adquirido los rasgos de una personalidad propia. Es un lapso (1918-1958) que va de la toma del poder del gobernador Gustavo Espinoza Mireles hasta poco después del suicidio del gobernador Ignacio Cepeda Dávila.

 

Carmona murió en 1958. La fecha resulta significativa porque marca también el fin de una estampa arquitectónica que Saltillo había mantenido aproximadamente por 200 años.